Roberto Brenes
La Prensa, Panamá
Las últimas administraciones han tenido muchas cosas en común. La más singular (y la más nefasta) es empezar por prometer en campaña una reducción de impuestos y deuda pero terminar haciendo todo lo contrario.
El nuevo gobierno siempre reversa su promesa aseverando que, una reforma fiscal aseguraría recursos para los programas de inversión pública y de equidad social y ofrecen cerros de papeles y estudios para justificarlos.
Pero a decir verdad, al llegar al poder las realidades políticas de una burocracia enorme, voraz y politizada y de una montaña de subsidios y distorsiones, que no se atreven a desmantelar, parece marcar la pauta de los planes del gobierno de turno.
Dicen que el gobierno actual está bendecido por contar con los mejores gerentes del país, incluido el propio Presidente. Esa cualidad gerencial debía haberles indicado que es imposible generar tasas positivas de crecimiento creciendo con deuda y con más impuestos. Un negocio que se endeuda para crecer, sobre todo a niveles ya saturados o espera tener más ventas extrayendo coercitivamente más ingresos de los consumidores o simplemente regalando plata del mismo negocio para que sigan gastando, no llega muy lejos. Y si además, los excesivos gastos del negocio son intocables, la empresa está frita. El Gobierno transita por ese camino a pesar de sus gerentes.




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