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¡No hay diálogo posible!

Martes 14 febrero, 2012


Franklin Castrellón
Prensa.com, Panamá

La incapacidad del Gobierno para dialogar con organizaciones opuestas a sus iniciativas y llegar a acuerdos confiables, me trajo a la memoria un artículo de Jean Paul Sartre publicado en la década de 1970, a propósito de una invitación que le hiciera la Universidad de Cornell, en Nueva York, para dictar una conferencia sobre la guerra de Vietnam.

Bajo el título ¡No hay diálogo posible!, Sartre –famoso entre muchas otras cosas por haber rechazado el Premio Nobel de Literatura que le confirió en 1964 la Academia Sueca– rechazó la invitación, luego de haberla aceptado, en virtud de que el gobierno de Lyndon Johnson decretó un bombardeo masivo contra Vietnam del Norte.

Sartre, filósofo, escritor, dramaturgo, y firme propulsor de la corriente existencialista que plantea que la naturaleza humana no es la que define al individuo sino sus actos, estimó que su conferencia en Cornell había perdido sentido habida cuenta de que la política del Gobierno de EU estaba muy distante de buscar la paz vía el diálogo. Y si acaso hubiese disposición a negociar, en realidad sería conforme a la capitulación. De allí, sostenía, el propósito del bombardeo masivo. Es aquí en donde veo cierta analogía con la conducta del Gobierno panameño en cada uno de sus diferendos con la sociedad civil, el sector empresarial, las organizaciones de periodistas y los indígenas.

Como en el caso de Vietnam, nuestro gobierno está dispuesto a negociar solo cuando se siente forzado por las circunstancias. Incluso, desde antes de llegar al poder, el presidente Martinelli demostró que el “diálogo” era bueno para lograr un fin (la Presidencia). Alcanzado este objetivo, olvidó la palabra empeñada en el diálogo que llevó al compromiso con su exaliado político (el panameñismo), y los desechó para dar espacio a tránsfugas salidos de otros partidos en busca de acceso al presupuesto estatal.

Durante ese período, también demostró interés en el “diálogo” con la sociedad civil, las organizaciones empresariales, cívicas y sindicales. Ello para lograr su respaldo político a cambio de venderles un atractivo plan de gobierno “por el verdadero cambio” que –a todas luces– nunca pensó cumplir. Al menos en sus componentes dirigidos a fortalecer la democracia, combatir la corrupción, enderezar la justicia, rechazar la Sala Quinta y hacer un gobierno transparente.

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