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Con la vista hacia adelante

Miércoles 25 enero, 2012


Joaquín Samayoa
La Prensa Gráfica, El Salvador

La conmemoración del 20.º aniversario del acuerdo de Chapultepec fue una buena ocasión para ventilar diversas opiniones sobre ese trascendental acontecimiento y también sobre problemas actuales que algunos, evadiendo sus propias responsabilidades, atribuyen a supuestos errores y vacíos en los documentos de Chapultepec o en la forma como se hizo posible su cumplimiento.

Me ha resultado curiosa la lógica de invalidación retroactiva de los Acuerdos de Paz implícita en algunos argumentos que equivalen a decir que no sirvió de nada curar el cáncer que estaba destrozando al paciente hace unos años, porque más adelante aparecieron problemas cardiovasculares, artritis o perturbaciones mentales.

Los Acuerdos de Paz no podían ni pretendieron ser una cura para todos los males habidos o un antídoto para todos los males por haber. Sirvieron para poner fin a la violencia, como única forma de manejar las diferencias ideológicas y disputar el poder del Estado; sirvieron para restaurar las libertades políticas y civiles; para sentar las bases de la institucionalidad democrática, para darles una oportunidad real a la paz y al desarrollo económico y social. Todo eso se dice fácil pero fue bastante y fue además suficiente para permitirnos empezar a construir una sociedad diferente.

Otros razonamientos que se han empleado para negar o minimizar el valor histórico de los Acuerdos parecen asumir que la negociación fue un ejercicio de razón pura, libre de intereses y pasiones, inmune a temores, resentimientos y desconfianzas. Nada más alejado de la realidad.

La negociación la llevaron a cabo dos grupos que se odiaban a muerte, que tenían visiones diametralmente opuestas y llevaban 10 años empeñados en aniquilarse. Dos grupos que perfectamente podían haber seguido dándose en la madre por muchos años más, porque ninguno había o habría podido imponerse sobre el otro. Dos grupos que, entre muchos otros propósitos, debían atender el de su propia subsistencia.

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