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Los límites menguantes del imperio

Jueves 15 marzo, 2012


Alberto Piris
Panamá América, Panamá

Tras la desintegración del Pacto de Varsovia y de la URSS, Estados Unidos se erigió como la única superpotencia imperial. El dólar era la moneda universal, la palanca definitiva con la que Estados Unidos movía a su antojo el mundo económico y financiero. Su política exterior imponía la ley: los aliados de Washington acataban, con más o menos entusiasmo, sus decisiones, temerosos de mostrar cualquier síntoma de rebelión que provocara el desafecto imperial. Los autócratas y tiranos dóciles eran considerados “amigos” y conservaban el poder mientras no actuasen por su cuenta; por el contrario, los Gobiernos que no gozaban de la estima de Washington, fueran o no democráticos, habían de afrontar serias dificultades y, a la larga, tenían sus días contados.

El imaginario “dividendo de la paz”, es decir, los recursos que concluida la guerra fría quedarían libres para otras aplicaciones en beneficio general de la humanidad, no pasó de ser eso: imaginario. La militarización de la política exterior de Estados Unidos siguió marcando el camino, y varios fracasos fueron los hitos de una ruta equivocada. Los atentados del 11-S marcaron el inicio de la paranoia, de la degradación de la libertad y derechos humanos en aras de una supuesta seguridad frente al terror.

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