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¿Emergencia o decadencia en el agro?

Jueves 07 octubre, 2010


Tulio Mariano Gonzáles
El Heraldo, Honduras

La naturaleza está poniendo a prueba el carácter y la precaria moralidad de la gestión pública y privada; en el caso particular del campo se contabilizan miles de hectáreas de cultivos destruidos; la ganadería registra enormes pérdidas por ahogamiento, los productores y algunos vividores claman por nuevas condonaciones que les permitan levantarse. 

El impacto en los ecosistemas es considerable; sin embargo, superan en peligrosidad las desastrosas interferencias antropogénicas hiperbólicamente exacerbadas por la indecencia e impunidad que caracteriza a la élite feudista. Son tan lánguidos que de todos los nombrados cabezas del sector público agrícola durante los últimos nueve años, ninguno pudo reunir para trabajar coordinadamente e intentar hacer algo bueno ni siquiera por una hora a los máximos jerarcas.

El problema en el agro en gran medida radica en la conducción; es imposible lograr que una planta de maíz produzca zanahorias; muchos ministros vinculados a la actividad agropecuaria no tienen liderazgo, carecen de autoridad y les falta talento e imaginación. La mayoría son fracasados en su ejercicio profesional y empresarial. Amoldarse en la burocracia constituye su única opción, utilizan los cargos públicos para recuperarse económicamente, convertirse en inversionistas, pasar de ser don nadie y luego autodenominarse honorables ciudadanos. Esa es la rutina en un empobrecido país donde la ética e integridad escasean alarmantemente.

Buscan lo más fácil: culpar a la lluvia y esconder su inutilidad atrás de los hundimientos, deslizamientos y derrumbes, que son resultados de la fragilidad socioambiental; tienen la desfachatez de fotografiarse en las publicitadas visitas a los damnificados, recolectan ayudas sacando pecho con recursos ajenos, corren improvisando soluciones insostenibles. Fácilmente ofrecen bonos sin controles, estimulando conductas impropias. 

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