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¿Es malo ser anticomunista?

Miércoles 29 septiembre, 2010


Geovani Galeas
La Prensa Gráfica, Salvador

Si el anticomunismo se define por el rechazo a un programa que implica la dictadura de una clase (en realidad de un partido, y en rigor de su comisión política), y de la cancelación de la libertad individual en función del ilusorio beneficio de una colectividad abstracta llamada pueblo; o si se define por la crítica frontal a lo que históricamente ha sido el ejercicio del poder por parte de los partidos comunistas, ser anticomunista es un imperativo ético desde la perspectiva democrática.

Pero si usted cree que para contener la lucha de los comunistas es necesario establecer un régimen militar que los proscriba, persiga, encarcele, torture, destierre y asesine; es decir, si es usted un partidario de dictaduras como las de Hernández Martínez, Somoza, Stroessner, Videla o Pinochet, usted no es más que el otro lado de una misma moneda contra la dignidad y la libertad del ser humano.

Los comunistas que se alzan en armas contra un régimen opresivo y represivo suelen obtener la simpatía de la población, avanzar en su lucha o incluso obtener eventualmente la victoria, así sea para imponer acto seguido otra dictadura de signo ideológico contrario, pero dictadura en todo caso. Y no hay opción moralmente aceptable entre dos dictaduras.

Quien profese el respeto por la dignidad y la libertad del ser humano optará por la democracia, esa forma de convivencia social y de administración política que así como será siempre imperfecta también será siempre perfectible. Quien se opone al comunismo desde la perspectiva democrática está obligado a oponerse en la misma medida al autoritarismo de derecha.

Esta es la lección que nos deja la historia: cuando enfrentan una dictadura los comunistas pueden ganar (como en la Cuba de Batista o en la Nicaragua de Somoza). Cuando combaten o conspiran contra una democracia de fachada o anémica pueden fortalecerse (como en El Salvador de Duarte y de los últimos años de ARENA). Pero el avance real y palpable de la democracia (tolerancia, transparencia, inclusión y equidad) condena fatalmente a los comunistas a ser minoría, persistente pero marginal. No hay antídoto anticomunista más efectivo que la democracia.

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