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¡No soy oligarca, soy diabético!

Viernes 17 septiembre, 2010


Francisco Javier Gutiérrez
El Nuevo Diario, Nicaragua

¡No soy oligarca soy diabético! - respondió el viejito a la turba chavista - ¡y protesto porque no me dan mis medicinas! La única condición para ser oligarca en un país latinoamericano con una revolución marxista, es no marcar el dogmático paso de su doctrina. Una ortodoxia que destruye la economía, las libertades fundamentales y la democracia, en nombre de una justicia social, que vuelve millonarios a los jefes del partido, mientras convierte en limosnera del Estado al resto de la sociedad.

La ignorancia que la “teoría del proletariado” ha generado en la América española pareciera invencible y permanece activa en el imaginario popular como un poderoso y residual veneno. Cuba con medio siglo de atraso y pobreza, sumergida en las profundidades lamosas de una dictadura comunista. Sobreviviendo del petróleo venezolano como ayer lo hizo del subsidio soviético, sigue siendo para millones no sólo un “ejemplo de dignidad”, sino el “único camino a seguir”.

Costa Rica e incluso países como Brasil y Chile, que alternan en el poder gobiernos socialistas no totalitarios, ni siquiera son una referencia para los sacerdotes y la feligresía marxista, no importa que sus indicadores económicos capitalistas rebasen más allá de cualquier comparación, la vorágine social y la poliomielitis productiva que ya se apoderó de Venezuela, hundió a Cuba y sigue devastando a Nicaragua.

La “doctrina del proletariado” es una religión que sobre el lomo de la fantasía ha cobrado la vida y el sacrificio de millones de inocentes. Con la lírica de Tomás Moro y las figuras heroicas de Sandino, Bolívar y Martí, que nada tienen que ver con la paranoia comunista, propagan la falsa creencia que el futuro de la humanidad pertenece al socialismo y que su funesto dogma representa la consumación de la filantropía.

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