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¿Se puede ser aventurero en la era de Internet?

Lunes 05 marzo, 2012


Mundo/BBC/Terra - Playa Nancite, en el Parque Nacional Santa Rosa, es un lugar diferente este año. Sigue siendo uno de los puntos más recónditos de Costa Rica pero ya no hay la misma sensación de aislamiento que antes.

El cambio no es obvio. Llegar a este lugar sigue requiriendo el mismo esfuerzo: una hora por un camino de baches y lodo que sólo se puede transitar en un todoterreno y 40 minutos de caminata por una abrupta colina.

La playa tampoco ha cambiado nada. Las tortugas loras siguen depositando miles de huevos cada año, sin que les molesten los cazadores furtivos pero cazadas por los jaguares que suelen frecuentar la playa por la noche.

Desgraciadamente, en lo que sí se ve una pequeña diferencia es en la cantidad de plástico que llega a la playa con la marea alta desde las distantes islas del Pacífico Sur y que se desperdiga por la arena dorada.

Cambio invisible

Pero en realidad, el mayor cambio es invisible.

El año pasado, la única posibilidad para obtener señal de celular era ponerse en un único punto de la playa pero ahora puedes sentarte a la orilla del mar de Playa Nancite y navegar en internet.

No me malinterpreten. Yo soy tan esclavo de la red como cualquier otro pero no puedo evitar sentirme triste por este desarrollo.

Puede ser un cliché pero no hay duda de que la tecnología hace que el mundo parezca más pequeño -y también menos interesante-.
Reduce las distancias entre países y une culturas.

Pero para mí, la verdadera aventura no está solo en el viaje sino en sentir que me desconecto de mi rutina, una situación que te obliga a aceptar lo que encuentras y enfocarte en ello.

Estar aislado también puede ser emocionante y ese riesgo suele dar incluso escalofríos.

Desgraciadamente, eso es mucho más difícil con el cordón umbilical invisible de la conexión móvil o la conexión a internet. Y experimentar lo desconocido, dejando de lado todo lo que nos es familiar se convierte en un reto mucho mayor.

En definitiva, el viaje pierde en cierto modo la parte de la aventura.

Imaginemos al irlandés Ernest Shackleton, que encabezó una expedición a la Antártida entre 1914 y 1916 y que es considerado uno de los mayores aventureros de todos los tiempos.

Uno se pregunta si hubiera emprendido ese viaje de haber tenido acceso a internet en aquella época.

Con seguridad él y sus hombres no se habrían embarcado en un arriesgado viaje tras otro si hubieran podido decirle a alguien dónde estaban varados.

Mantra del SXXI

Cada día, me veo repitiendo ese mantra del siglo XXI: "Tengo que revisar mi correo electrónico".

Podría estar caminando por el bosque buscando vida silvestre, disfrutando de la playa o tumbado en la hamaca, pero acabo acurrucado con mi computadora tratando de que la arena no entre en el teclado e intentando que la luz no deslumbre la pantalla mientras hablo con mi familia y amigos del otro lado del mundo y maldigo la velocidad de internet.

Y esto es algo paradójico. El año pasado estaba tan tranquilo sin internet y este año es irritantemente lento.

Pero no todos tienen la misma sensación que yo con el desarrollo de Nancite.

Por ejemplo, Wilberth Matamoros está encantado. Ha pasado un año en Nancite, la mayor parte del tiempo solo, monitoreando las llegadas y salidas de tortugas y el desove.

Cada noche, recorre la media milla de la playa de Nancite contando, midiendo y etiquetando a cada ejemplar.

Hace poco se encontró con un jaguar comiéndose una tortuga. Y en lugar de alejarse, se acercó y grabó la escena usando su linterna como foco.

Fue un momento emocionante y estaba deseando compartirlo con su novia, que vive a 8.000 kilómetros de distancia. Gracias a internet, colgó las fotos del evento antes de que se hiciera de día.

Desde hace cinco años, Wilberth de Costa Rica está saliendo con Jenny Neeve, del Reino Unido.

Se conocieron trabajando en un proyecto de tortugas y han seguido juntos pese a que sólo se ven entre dos y seis meses cada año.

Y cuando le pregunto a Wilberth cuál es el secreto de la relación, me dice que "conversar".

Hasta que llegó internet, hablaba con Jenny todos los días por teléfono. Cada uno pagaba la mitad de la llamada.

Pero desgraciadamente ese tipo de comunicación no era barata. Wilberth acababa gastando en llamadas casi la mitad de sus US$500 de salario.

Ahora con internet y con programas de teleconferencias como Skype, la comunicación es gratis. Y eso significa que pueden hablar el tiempo y con la frecuencia que deseen. Y con el dinero que se ahorran, aprovechan para comprar boletos para verse.

Pero más allá del amor, la llegada de internet a Nancite pone en relieve las paradojas de este tipo de tecnología.

Lo ansías, pero en el fondo sabes que podrías ser feliz con mucho menos.

Fuente: Terra