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Antídotos contra la corrupción

Lunes 23 enero, 2012


Rafael Carles
Panamá América, Panamá

Cuenta Plutarco en sus Vidas Paralelas que Solón, el famoso ateniense que en el siglo VI A.C., reformó el régimen legal de su ciudad y vaciló respecto de la conveniencia de una de las leyes proyectadas. Se trataba de la que extinguía las deudas, que habían condenado a muchos atenienses a la servidumbre. Decidió entonces consultar con unos amigos, quienes emocionados por su generosidad lo abrazaron y alentaron. Pero apenas se despidieron, corrieron a contraer todas las deudas que el tiempo disponible les permitió, de manera que luego de la promulgación eran ricos.

A lo largo del amplísimo arco histórico que va desde esos tiempos antiguos al actual, los casos conocidos de corrupción - privada como en el caso de los amigos de Solón, o pública, como la que nos interesa considerar aquí -, son inagotables. En toda economía monetaria, el poder de compra del dinero, principal factor de corrupción, no se limita a los bienes materiales y se extiende a los seres humanos. Sin embargo, la desmoralizadora conclusión que parecería inevitable, la del siempre ha sido así y siempre lo será, no es veraz. La corruptibilidad de los hombres es permanente, pero la voluntad de reducirla a la menor expresión posible también lo es, y no pocas veces en la historia ha tenido éxito. Sólo que esto no es cosa sencilla de lograr.

Un buen punto de partida consistiría en evitar el moralismo ingenuo que reduce el problema a una cuestión de honradez de los políticos. Como escribió John Stuart Mill en 1864, el principio mismo del gobierno representativo descansa sobre la presunción de que los que poseen el poder, abusarán de él en provecho propio, no porque siempre sea así, sino por ser tal la tendencia natural de las cosas, tendencia que las instituciones libres tienen por principal objeto regular. Si aplicamos esta sobria composición de lugar al problema de la actual corrupción pública en Panamá, podríamos inferir que la abundancia de denuncias supera en mucho a la preocupación de los mecanismos institucionales que deberían contrarrestarla. Y que con mucha frecuencia, el manejo del problema, respondiendo a una perspectiva política, apunta a los hombres que, firmemente instalados en el poder, hacen caso omiso de toda crítica y no a la dimensión institucional en la que la reflexión de Mill ponía razonablemente el acento.

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