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Antigua y Atitlán, ciudades sonoras

Viernes 22 agosto, 2014


 

Marcela Acevedo Rojas

Aterricé en la capital de Guatemala ansiosa por lo que sería mi encuentro con la maravillosa Antigua. Me acompañaba mi amiga Sofía Novella, artista plástica guatemalteca que conocí unos años atrás en Francia, y quien me ofreció su compañía y guía durante mi visita a su país. El trayecto del aeropuerto a Antigua fue tranquilo y con poco tráfico. El clima cálido y el viento fresco fueron un comienzo perfecto.

Al llegar a la ciudad aparecieron imágenes fantásticas. Encontramos, por ejemplo, un mercado de alimentos lleno de colores y sonidos inimaginables. De mujeres sonrientes vestidas con huipiles, sus blusas típicas, bordados con coloridos motivos de aves, flores y figuras geométricas.

Las calles se enroscan entre toldillos, camiones cargados de racimos de plátano alegran la vista con su verde intenso y los vendedores descansan en sus puestitos llenos de maravillosas mercancías. Todos caminan en sentidos diferentes, las casitas de ladrillo y cemento desaparecen dentro de las cuerdas de ropa colgada en sus balcones, y todo se transforma en una sinfonía de color y movimiento.

Salimos del mercado y tomamos camino por las vías empedradas de Antigua, dejando el auto atrás. Solo así se puede disfrutar realmente la energía de esta bella ciudad. El clima cambió: se tornó un poco más fresco y la luz hacía brillar los grises con visos metálicos, dejando los colores de la arquitectura neutros.

Ya sin tanto alboroto, vivimos una Antigua relajante, romántica y encantadora.

Pasamos por el Arco de Santa Catalina, un ícono inconfundible de la ciudad. Su historia nació con la construcción del convento de reclusión de Santa Catalina Virgen y Mártir. El Arco se convirtió en un paso que hacía invisibles a las internas a los ojos de los habitantes de la ciudad. De pie frente a la estructura, imaginándome a las jóvenes cruzando de un lado a otro sin ser vistas, lo encontré inquietante. Y no solo yo, pues muchos escritores se inspiraron en esta historia. Uno de ellos, el muy reconocido guatemalteco Miguel Ángel Asturias, escribió el poema Claridad lunar pensando en la Calle del Arco.

Empezó a oscurecer. Se oían pasos de ciudad colonial y la noche se fue entre historias, mitos y la magia de lo invisible. A la mañana siguiente, con un sol brillante y el cielo despejado, tomamos el típico desayuno guatemalteco llamado 'chapín': huevos estrellados a la ranchera con frijoles volteados, tajadas de plátano frito y queso campesino. Ya de vuelta a las calles encontré la dulcería Doña María Gordillo, con postres tradicionales como canillitas de leche, cocadas, dulces de guayaba y tamarindo. Compré una buena variedad para probarlos sentada en la Plaza Mayor, frente a la fuente de las sirenas, un diseño inspirado en la fuente de Neptuno de Boloña.

Tras el agua
Era hora de ir al lago de Atitlán. Me despedí de la ciudad mágica y de mi amable acompañante, Sofía, y seguí mi camino. A mediodía partí hacia el departamento de Sololá en una camioneta pública, por una muy buena carretera durante tres horas hasta desviarnos por la vía que conduce a Panajachel.

En cuanto empezamos a bajar la montaña, vimos el lago. Fue sobrecogedor.

En el puerto abordamos un bote que nos llevaría a Santa Cruz en medio del Xocomil, una ventisca que encrespa la superficie del agua y que se produce cuando los vientos cálidos procedentes del sur chocan con las masas de aire frías del altiplano, fenómeno con el que están muy familiarizados y por el cual alcancé a inquietarme. Pero Carlos, el capitán, me tranquilizó diciendo “no se preocupe, yo conozco mi lago”.

Al cabo de 20 minutos llegamos al Hotel Laguna Lodge. En mi primer amanecer, después de una noche de descanso profundo, abrí la puerta del balcón ante una mañana nublada, casi sin sonido alguno. Se oía apenas el leve encuentro entre el agua y la madera del puerto. Contuve mi respiración y la serenidad
e imperturbabilidad del mágico lago Atitlán se acompasó con mi corazón. En ese momento me acordé de una de las leyendas que narró un indígena sobre el Xocomil: en aquellas aguas –dijo– se ocultaba una extraña criatura, “una especie de serpiente gigante, un monstruo antediluviano, un ser de un mundo paralelo o vaya usted a saber qué extraña abominación de la naturaleza”.

Desde el altillo del hotel la vista era espectacular, sobre el lago y los volcanes Atitlán, Tolimán y San Pedro. Y, ante el imponente atardecer, las aguas del lago me convocaron a su encuentro: la temperatura estaba perfecta y el agua totalmente quieta. Las olas pasaban delicadamente, como rollos de tela de seda envolviéndose entre sí mismos.

Al día siguiente salí a conocer las poblaciones que rodean el lago, y abordé una lancha que me llevó de puerto en puerto, hasta Panajachel, único sitio adecuado para deportes extremos, entre ellos el parapente. Después de 40 minutos a lomo de una pick-up, llegamos a la cúspide, donde un buen número de turistas provenientes de diferentes lugares del mundo acuden a la cita con los hermosos volcanes y la dificultad de estos vientos, todo por experimentar el vuelo extraordinario. Mi salto fue perfecto.

Colgada de mis alas, flotando en el aire, acompasé mi espíritu con el vuelo de las aves, hasta que las risas y los aplausos de los indígenas que nos recibieron en la bella playa me sacaron de mi sueño.

Entonces tomé un tuc-tuc hasta Santa Catarina Palopo, donde están los telares más importantes de Atitlán. Llegué a la calle de las telas y artesanías, y empezaron a aparecer mujeres vestidas con sus trajes típicos, todas caminando alegres con sus canastos llenos de fruta y dulces. Me quedé extasiada viendo cómo de cada telar salían esas maravillas, verdaderos universos de textura y color.

De regreso a Panajachel había un barquito dibujado en una pared. Me llamó la atención y le pregunté a una anciana que estaba a mi lado de qué se trataba. Me contestó que era la leyenda de la Tatuana: “Por virtud de este tatuaje, Tatuana, vas a huir siempre que te halles en peligro, como vas a huir hoy”, recitó.

Y concluyó: “Mi voluntad es que seas libre como mi pensamiento; traza este barquito en el muro, en el suelo, en el aire, donde quieras, cierra los ojos, entra en él y vete…”.

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