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Cooperación al desarrollo

Viernes 24 septiembre, 2010


Helmer Velásquez
El Periódico, Guatemala

Como afirmaba Custodio Sajvin, veterano dirigente cooperativista de la aldea Caquixajay en Tecpán, Chimaltenango, –allá por los años setenta– la cooperación “rasca en donde no pica”, con esto aquel experimentado dirigente campesino indígena, daba por sentado que los proyectos de desarrollo impulsados por los organismos internacionales se planificaban, diseñaban y ejecutaban al margen de las necesidades, intereses y designios de la población “beneficiaria” que en buena parte de los casos resultaba más bien víctima de las prenociones de la tecnocracia.

La aseveración de Custodio, de hace ya más de 30 años, se ha modificado poco, más bien la esfera de la cooperación vinculada a intereses del capital transnacional continúa operando, a pesar de los intereses poblacionales. Lejos estaba este dirigente campesino indígena guatemalteco, que su síntesis de sabiduría popular habría de ser reconocida por las propias instancias de cooperación 30 años más tarde. Cuando la fase crítica, de la crítica mundial a los efectos de la misma, tiene su cúspide en los inicios del siglo XXI, en respuesta a la cual se desarrolla la Conferencia internacional –sobre eficacia– en Roma 2003.


De Roma y la conformación de grupos de trabajo, el asunto tiene una primera conclusión en París 2005, la cual se sintetiza en la declaración de esta conferencia la cual resuelve crear un nuevo marco al sistema internacional de Cooperación al desarrollo: basado en los siguientes principios rectores: Mayor apropiación de los procesos cooperativos, por parte de los sujetos de la misma; Alineamiento de la cooperación con las agendas del país receptor; Armonización entre cooperantes, –normas, informes, procedimientos–; Gestión orientada a resultados; Mutua responsabilidad entre cooperantes y sujetos. La operativización de estos principios de acuerdo en Accra 2008, cuyo Plan de Acción incorpora de forma explícita a las organizaciones sociales, en el proceso.


En este marco fuerzas sociales, de América Latina, expresadas en: sindicatos, cooperativas, ONG, autoridades locales y funcionarios de la Unión Europea, debatieron –sobre el tema– la primera quincena de septiembre en Asunción, Paraguay, en un esfuerzo por democratizar las diferentes dimensiones de la Cooperación al desarrollo. Encuentros loables. Sin embargo, la base para la legitimidad de la Cooperación al desarrollo está, primero: en dejar de considerar a esta como dádiva, mero mecanismo de compensación y consustancialmente artilugio para abrirle paso al expansionismo comercial o inversor. Y segundo, que efectivamente la agenda de la cooperación sea estructurada por los países y personas sujetos de la misma. La cooperación, entonces no debe estimular dependencia sino liberación del oscurantismo objetivado en el atraso generado por la desigualdad.

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