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De la crisis a la esperanza

Viernes 12 noviembre, 2010


José María Tojeira
La Prensa Gráfica, El Salvador
 
Hace exactamente 21 años vivíamos una de las crisis más duras de El Salvador. El diálogo que daría fin a la guerra civil había avanzado y tenía visos de ser eficaz. Había aumentado también el nerviosismo, la tensión y la furia de quienes aspiraban a una salida violenta y no dialogada. La situación era extremadamente tensa y nadie sabía bien en esos días qué podía pasar. La crisis era de enormes proporciones.
 
En enero de 1990, la mayoría pensábamos que el fin de la guerra estaba cerca. Y que los tiempos se volverían promisorios para El Salvador. A pesar de lo doloroso de la crisis, la esperanza irrumpió con una fuerza inusitada. De hecho, el proceso de paz se aceleró, tanto porque la brutalidad de la guerra era ya insostenible, como por otros factores, especialmente la caída del muro de Berlín, que rompió con el temor a la influencia soviética en Centroamérica.
 
Hoy, cuando los tiempos de crisis, con otros elementos muy diversos, nos preocupan y nos afectan dolorosamente en nuestro crecimiento económico y en nuestro desarrollo humano, bueno es recordar el pasado, con sus caminos de salida. Evidentemente no hay más semejanza que el hecho de estar en crisis, y por cierto de muy diversa manera. Sin embargo, algunos elementos de la salida de la crisis en el pasado siguen diciéndonos que hay caminos de esperanza.
 
En efecto, de la crisis del pasado se salió porque había gente sumamente convencida de que la paz era prioritaria e indispensable para El Salvador. Y porque algunas de esas personas llevaron su compromiso y generosidad a favor del trabajo por la paz hasta el sacrificio de sus vidas. Hoy, cuando la crisis salvadoreña de los últimos años se ha agudizado a causa de la crisis internacional, es importante recordar el pasado. Dentro de sus múltiples lecciones, muchas de ellas no plenamente aprendidas o asumidas, hay una indispensable para el presente: la capacidad simultánea de generosidad y sacrificio. 
 
No hay superación posible de crisis sin esas dos actitudes. Y en el caso particular de El Salvador, tampoco hay futuro digno si esas dos actitudes no se multiplican. Estamos demasiado acostumbrados a llamar sacrificio a cualquier cosa y generosidad a las migajas. Convertir el discurso en valores reales es todavía un déficit entre nosotros. Ojalá los mártires del pasado nos abran los ojos del futuro, que necesariamente tiene que ser generoso y solidario.