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De propuestas y política

Miércoles 05 octubre, 2011


Guillermo Tatis Grimaldo, hijo
Prensa.com, Panamá

En un artículo anterior (La Prensa 27/8/2011), me referí al tema de las reformas al Órgano Legislativo, su régimen interno y las alternativas para corregir las formas de circunscripción electoral y cambios al sistema de elección y votación para elegir diputados. Hoy lo haré con un tema no menos importante: la poca utilidad del cargo de vicepresidente de la República.

Los hechos políticos acaecidos recientemente hacen necesario un cambio constitucional en el tema de la figura del vicepresidente en nuestro ordenamiento democrático, lo que me lleva a las siguientes reflexiones.

No dejan de intranquilizar los problemas que surgen cuando un vicepresidente reclama protagonismo político en la toma de decisiones del gobierno y no acepta que el cargo es una especie de llanta de repuesto y nada más. Que solo será útil a falta de uno de los neumáticos rodantes, es decir, para el caso, a falta del presidente. Esto es necesario enmendarlo, más si tenemos en cuenta que en poco más de 20 años de democracia y cinco presidentes elegidos democráticamente ya contamos con dos rebeliones de vicepresidentes en dos gobiernos, lo que ha generado auténticas crisis políticas e institucionales, con repercusiones dentro y fuera del país.

Las alianzas en una fórmula presidencial, en cualquier lugar del planeta, se hacen sobre la base programática, pero el ejercicio del poder es compacto, lo ejerce el presidente y, en el mejor de los casos, se limita a una colaboración burocrática de los aliados –llámese clientelista si se quiere–, pero en ningún caso supone un gobierno bicípite. Una alianza no presume dos agendas y menos con las profundas diferencias que evidenciaron las rupturas y crearon intranquilidad social absolutamente innecesaria.

Las causas están a la vista, un vicepresidente deliberante solo contribuye a generar una especie de “guerra fría” dentro del Gobierno y ante la faz del país, si no entiende su lugar en el ajedrez político o si entendiéndolo se niega a aceptarlo. Cierto es que el presidente no puede ejercer el monopolio absolutista del poder, pero es él quien lanza la línea de gobierno, ni más faltaba que fuera lo contrario. Tampoco el vicepresidente debe ser un convidado de piedra, puede tener su punto de vista sobre temas generales o puntuales, pero lo que no debe es convertirse en un contradictor público del presidente ni tener su propia teoría de gobernabilidad compartida. Eso fue lo que vimos en los casos del ingeniero Varela, y antes con el doctor Arias Calderón. Pero esto no solo ocurre en Panamá ni es nada nuevo. En Colombia reventó hace poco la tensa relación política que existía entre el presidente Santos y su vicepresidente Garzón, por diferencias conceptuales y mecánicas en el manejo del gobierno.

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