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Destruido el 33 por ciento de la Fuerza Aérea

Jueves 01 marzo, 2012


Oscar Clemente Marroquín
La Hora, Guatemala

Para cualquier país del mundo perder un tercio de su fuerza aérea significaría una catástrofe, no sólo en términos de seguridad sino tomando en consideración la importancia que la aviación tiene en términos generales y sobre todo cuando ocurren desastres naturales. Ayer se estrelló un helicóptero de la Fuerza Aérea Guatemalteca con doloroso saldo de muertos, todos miembros del Ejército de Guatemala y al perderse esa nave se destruyó un tercio de nuestra Fuerza Aérea según dijeron los jefes militares, porque la mayor parte de nuestras naves no pueden volar por falta de repuestos.

Mientras tanto, los narcotraficantes se dan el lujo de aterrizar sus modernas y veloces naves en pistas remotas y pegarles fuego, lo cual marca básicamente la diferencia entre la capacidad de Guatemala para hacerles la guerra en nombre de Estados Unidos y la capacidad que tienen los que mueven toneladas de estupefacientes matando y corrompiendo gente en nuestro país. Viendo esa disparidad tan absoluta y burda, uno se pregunta cómo es que hay idiotas que se resisten a que discutamos nuevos términos para la guerra contra la droga, si está visto que carecemos de los recursos esenciales.

Aparte de que es un crimen que pongan a volar esos aparatos viejos y sin mantenimiento porque Estados Unidos mantiene el embargo ya no de armas, sino de repuestos para permitir que nuestras naves despeguen, hay que decir que Guatemala tiene que hacer un replanteamiento de los términos en que podemos participar del esfuerzo global para contrarrestar el fenómeno del narcotráfico. Algunos dicen que es una babosada estar hablando de despenalizar la droga y hasta el responsable de la ONU se suma a esa tesis, pero cuál es la alternativa que ofrecen. El hecho cierto es que mientras Guatemala dispone de dos naves para enfrentar a las flotillas de los narcos, estos pueden usar nuestro espacio aéreo literalmente como chucho por su casa porque no hay forma de establecer límites, mucho menos control.

Es penosa la muerte de diez miembros del Ejército que murieron al estrellarse el viejo helicóptero Bell para el que tampoco se podían conseguir repuestos, pero que aún pudo levantar vuelo después de un esfuerzo por atender a las víctimas de otro accidente de helicóptero. De nada sirven las 700 horas de vuelo y la experiencia de los tripulantes, si resulta que casi que deben pegar las piezas con ganchos de ropa o ganchos sandinos porque tenemos cerrado el suministro de piezas por los fabricantes por el embargo militar impuestos desde los tiempos de Romeo Lucas.

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