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El cambio... ¿de quién?

Jueves 24 noviembre, 2011


Juan Callejas Vargas
Prensa Libre, Guatemala

Se le atribuye al ciudadano argentino, jurista y economista Juan B. Alberdi, la siguiente frase: “Las sociedades que esperan su felicidad de la mano de sus gobiernos esperan una cosa que es contraria a la naturaleza”. Tomo esta frase para continuar esta reflexión compartida con distintos lectores y así continuar profundizando en lo que desde mi punto de vista debe ser un cambio trascendente para nuestra sociedad. El cambio hacia ámbitos positivos de progreso, bienestar y bienser depende de usted y de mí, de cada uno de nosotros, no del presidente.

En una sociedad moderna, la presencia de un Estado fuerte es importante. Pensado como una forma de organización que brinda a sus ciudadanos, convivir armónica y pacíficamente en un territorio determinado y compartido por todos, con el único propósito de alcanzar el bienestar y bienser de todos, de la gran mayoría de sus hombres y mujeres. Tampoco queda duda alguna de que el Estado pueda o deba hacerlo todo.

Lo he dicho y seguiré afirmando. Ni las autoridades viejas ni las nuevas tienen por sí solas la posibilidad de tener éxito en el tránsito que a Guatemala como país, como Estado organizado y/o como sociedad le toca vivir de cara a la dinámica mundial, en la que a ritmos muy acelerados se presentan transformaciones estructurales que hacen realidad la frase: “No estamos viviendo una época de cambios, sino un cambio de época”. Nosotros, aún anclados en el siglo XVIII.

Movidos por ciclones de doctrina, una parte de nuestro ilustrado liderazgo se dejó seducir e impulsó la seductora melodía de la globalización. ¿Cuál ha sido el verdadero resultado? Se lo dejo de tarea para que lo investigue.

De igual manera, el ciclón privatizador sopló las costas de Guatemala y desmanteló empresas de servicio público, trasladándolas a manos privadas que institucionalizaron la permanencia en el país de prácticas oligopólicas en manos de capitales extranjeros para quienes el cadáver, el dolor, el hambre y la ignorancia del pueblo le tienen sin cuidado. Finalmente, así ha sido desde la colonización.

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