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El crecimiento de pocos

Martes 26 octubre, 2010


Juan Jované
Panamá América, Panamá

Algunos altos funcionarios del actual gobierno anunciaron que estaban elevando sus expectativas de crecimiento de la economía hasta un 7.0% para el presente año. Se trata de una visión bastante optimista teniendo en cuenta que la recuperación internacional se puede calificar de lánguida, mientras que llaman la atención sobre los efectos de una posible guerra cambiaria.

La mayor dificultad en los planteamientos del sector oficial es que los mismos no hacen ninguna mención de cuál es el real impacto que ha tenido, en base al modelo dominante, el crecimiento sobre la suerte de los panameños y panameñas de a pie. Es así que si bien muchos han celebrado las altas tasas de crecimiento que mostró la economía entre el 2004 y 2008, con un promedio anual de 9.1%, lo cierto es que esto en la práctica significó mucho para pocos y poco para muchos. 

Si se mide en términos reales, es decir a precios de 1996, pese a que el ingreso nacional promedio per cápita se elevó entre esos dos años en B/. 1,473.64, lo cierto es que en el decil más rico de la población este incremento alcanzó a B/. 5,570.12, mientras que en el decil más pobre fue de apenas B/. 176.35. Más aún, se puede señalar que del total del crecimiento observado del ingreso nacional en el período señalado, el 20% más rico de la población logró apropiarse del 56.1% de sus frutos, mientras que al 40% más pobre le correspondió apenas el 12.3%. 

Tal como lo destacó Juan XXIII en su Mater et Magistra, “que el desarrollo económico y el progreso social deben ir juntos y acomodarse mutuamente, de forma que todas las categorías sociales tengan participación adecuada en el aumento de la riqueza de la nación”, resulta evidente que nos encontramos frente a un crecimiento sesgado, concentrado y que rompe con lo que el Papa Bueno llamó “un precepto gravísimo de la justicia social”.

En el 2009 se observó que el 6.6% de la población económicamente activa estaba desocupada, mientras que el 14.3% de los ocupados se encontraban subocupados y el 42.1% de los trabajadores no agrícolas podían ser calificados como informales. Se trata de una situación que carece de todo sentido de equidad.

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