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El espantoso cuadro de Tamaulipas

Lunes 30 agosto, 2010


Juan Héctor Vidal
La Prensa Gráfica, Salvador
 
Cuatro mil millones de dólares anuales en remesas familiares, es decir, casi la quinta parte del PIB, sustituyen gran parte del esfuerzo que necesita El Salvador para progresar económicamente. 
 
Muchas veces me he planteado un escenario –sin duda moldeado por un exagerado ejercicio de ciencia ficción– acerca de dónde se colocaría el país si súbitamente se viera obligado a recibir a cientos de miles de compatriotas que, aunque indocumentados, envían cuantiosos recursos que contribuyen a mantener a flote la economía y a sacar de la pobreza a sus familiares. El censo de 2007 contabilizó una población mucho menor que la que se estimaba con ejercicios estadísticos parciales, en buena medida por el escaso control sobre la emigración. Consecuentemente, automáticamente pasamos a ser un país de renta media baja, pero si se diera ese escenario “orweliano”, El Salvador se asemejaría más a Haití que a Costa Rica.
 
Hasta ahora la masacre de Tamaulipas, atribuida a la agrupación mexicana narcoterrorista de Los Zetas, ha dejado como secuela a 13 salvadoreños muertos, incluyendo cuatro mujeres. Esta es la más reciente, pero sin duda no será la última expresión del riesgo diabólico a que se exponen nuestros compatriotas en busca del sueño americano. Cuántos habrán perdido la vida en busca de este ideal y cuántos más la perderán, nadie lo sabe. Pero sin duda, muchos lo seguirán intentando.
 
Así, lo más seguro es que seguiremos edificando nuestro precario desarrollo en base al esfuerzo de los millones de salvadoreños que fueron exitosos en cruzar la frontera, pero cuyo aporte económico está abonado por la sangre de los otros miles que se quedaron en el camino, dejando tras de sí a padres, compañeros de vida, hijos, hermanos. ¿Y qué decir del costo de la delincuencia desbordada que se nutre en buena medida de la desarticulación familiar que genera la emigración?