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El hogar de una ruiseñora

Lunes 30 junio, 2014


 

Diego Montoya Chica

La palabra ‘sumercé’, aunque en desuso, está inscrita en lo más profundo de la cultura ancestral bogotana. Esta manera respetuosa –y un tanto servil– de llamar al prójimo, es un derivado del ‘Vuestra Merced’ con el que los encomenderos españoles reverenciaban a la realeza madrileña durante la Colonia.

“La figura se asentó en los departamentos centrales de Cundinamarca y Boyacá”, me había explicado días antes Andrés Ospina, escritor especialista en historia bogotana y autor de Bogotálogo (2010), una recopilación de palabras y dichos propios de la capital colombiana como chino (niño), chirriado (elegante), juemíchica (expresión de sorpresa) y chusco (atractivo). “La palabra me parece hermosa”, aseguró.

Estuve de acuerdo. Pero nunca tanto como ahora, mientras oigo a Andrea Echeverri usar la expresión en el taller de cerámica de su casa en Cajicá, uno de los 22 municipios rurales de la Sabana de Bogotá. Nuestra sabana, una inmensa meseta acomodada sobre un hombro de la cordillera oriental colombiana, es una planicie poblada originalmente por los indígenas Muiscas que se miraron cara a cara con Gonzalo Jiménez de Quesada en 1538.

Tras el crecimiento arrebatado que sufrió la capital durante el siglo XX, el altiplano, rodeado de montañas andinas, ha cobrado creciente importancia ecológica, turística y agrícola para Bogotá. Pero, ante todo, la ciudad moderna y cosmopolita mira hacia sus alrededores campesinos como quien observa fotos de infancia para recordar su identidad: la sabana es un ancla en su pasado colonial, con sus casonas señoriales rodeadas de actividad agrícola.

Andrea, quien ha llenado multitudinarios escenarios en el mundo entero, camina entre mesas salpicadas de arcilla, yeso y esmaltes cerámicos. Levanta un florero colorido con la forma de una cabeza femenina, su enorme boca como apertura. “Mire esto”, comenta.

“Es como el canto: a veces sumercé está dulce, a veces bravo”.

El olor frío y terroso del barro crudo revela la autenticidad del lugar. Alta, delgada, Andrea está rodeada por piezas de su obra cerámica: tazas, bustos femeninos, figuras con rasgos kitsch que ella misma ha moldeado, pintado y luego cocinado a 1.200°C. Y afuera, entre el húmedo verdor de la vegetación sabanera, sobrealimentada por el agua abundante de terrenos que alguna vez fueron humedales, no se oye más que el fluir de un riachuelo y las hojas agitadas de sauces, alisos y eucaliptos.

La migración
Andrea no solamente es un ícono del rock contracultural latinoamericano gracias a Aterciopelados, que le dio una audiencia internacional a su voz –esa voz honda, madura como la de una vieja cantante de boleros, a veces áspera, pero siempre atractiva–. De alguna manera, Andrea representa también a la Bogotá más urbana que existe: gran parte de su obra se gestó en el tradicional barrio Teusaquillo y en las calles de la colonial Candelaria, en pleno centro de la ciudad. De hecho, la banda –que originalmente se llamó Delia y los Aminoácidos– fue fundada en Barbarie, un extinto bar de la calle décima con carrera tercera, descrito en la página web de la cantante como un “delirante antro nocturno”. ¿Qué fue, entonces, lo que la motivó a vivir en el campo?

“Nos mudamos aquí cuando nació mi hija. Cuando uno es papá por primera vez, como que se vuelve vegetariano y piensa que el niño tiene que vivir en el campo”, explica quien dio vida al Bolero falaz, la canción que en 1995 intentaban tocar los adolescentes colombianos en disonantes bandas de apartamento. “Y vea, Milagros ya tiene 11 años”.

A muchos bogotanos les resulta atractiva la idea de irse a vivir definitivamente a alguno de los encantadores pueblitos de la sabana. Se antojan de ello cuando, los fines de semana, toman la Autopista Norte para ir a comer pan de yuca en Chía, fresas con crema en Sopó o quesos en Ubaté, productos de la arraigada industria lechera de la zona. O cuando visitan la Catedral de Sal de Zipaquirá, construida en las entrañas de la tierra. O, de pronto, cuando toman la vía a La Calera, esa delgada serpiente de concreto que se encarama en los cerros orientales que bordean el valle y desde donde se ve toda la capital. O, claro está, cuando hacen una caminata ecológica alrededor de la laguna de Guatavita, el santuario indígena donde se tejió la leyenda de El Dorado.

“A mis hijos quiero darles esta vida rodeada de verde y aire limpio”, piensan muchos. Pero, para Andrea, la calidad de vida de los niños es solo una de las cosas buenas del lugar donde vive, pues su proceso creativo también se ha nutrido de tres condiciones fundamentales: espacio suficiente para tener allí casa, taller de cerámica y estudio musical –donde se encuentra componiendo un nuevo trabajo que honra los boleros que cantaba su madre–; anonimato, para hacer paseos tranquilos en bicicleta, y, por último, momentos rituales con los que alimenta el espíritu. “Amo prender la chimenea, ¡Aquí hace frío!”, dice. Se nota: su abrigo, colorido y de fabricación artesanal, está tejido en lana y algodón grueso. Es invitador, una adaptación eficiente y natural al entorno.

“Sumercé se sienta y mira la candelita mientras se calienta…”, Andrea hace con las manos como si tuviera una hoguera enfrente. “Es como meditar”.

Los imperdibles
La Calera: la vista de la ciudad desde los miradores de la vía, y las famosas picadas de El Tambor y La Mazorca.
Sopó: los productos lácteos en la Cabaña de Alpina y el restaurante argentino Siga la Vaca.
Guatavita: la antigua laguna para caminatas.
Chía: los pan de yuca en el restaurante La Magola y la célebre carta de Andrés Carne de Res.
Cajicá: la cerveza artesanal del restaurante Edelweiss.
Zipaquirá: la Catedral de Sal.
Cerca está Panaca Sabana, un parque temático dedicado a la vida en el campo colombiano.

Este y otros artículos de destinos puede encontrarlos en www.aviancaenrevista.com.