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El ombligo del mundo

Viernes 22 agosto, 2014


 

Guido Piotrkowski

Viaja a Cuzco, la antigua capital del imperio inca y la puerta de entrada a las ruinas de Machu Picchu. Al igual que una cebolla, está compuesta por capas de una historia llena de encuentros entre la antigüedad americana y el renacimiento europeo.

Cuenta la leyenda que el primer inca, Manco Capaq, y su hermana, Mama Ocllo, llegaron a Cuzco desde el Lago Titicaca para fundar aquí la capital del imperio inca, tras la revelación que recibieran de Inti, el dios Sol. Cuzco, según sus acepciones en Quechua, es el ombligo, el centro, el lugar donde nace el universo.

Así se convirtió, entonces, en el punto desde donde se expandiría el Tawuantinsuyu, las cuatro regiones o puntos cardinales de esta civilización prehispánica que se extendió desde el sur de Colombia hasta el norte argentino, atravesando Ecuador, Perú y Bolivia.

Hay otra versión, menos épica y romántica, basada en investigaciones arqueológicas, que indicarían que la ciudad fue poblada por los habitantes que escapaban del Tiwuanaku, un reino en decadencia al norte de Bolivia, y encontraron en este sitio un vergel de agua y tierras fértiles para sus cultivos.

Los incas fueron prósperos agricultores, y eximios astrónomos. Sus cosechas se regían por la observación de los astros; y así, el Sol, la Luna, el rayo o el arcoíris, eran algunas de sus deidades más importantes. También fueron grandes constructores: erigieron templos bañados en oro para venerar a sus dioses; construyeron la mítica Machu Picchu y la Fortaleza de Sacsayhuamán.

El inca era un pueblo guerrero que sometió al resto de las civilizaciones andinas, pero que no pudo doblegar a Francisco Pizarro y sus huestes, quienes llegaron en busca del oro y la plata justo cuando el imperio se resquebrajaba, en una lucha de poder entre los hermanos Huascar y Atahualpa, los dos últimos emperadores del linaje de los 14 incas, que tuvo en Pachacutec al rey más importante.

Para sojuzgar al inca, los españoles derribaron templos y sobre sus ruinas construyeron iglesias; sobre los cimientos de piedras incaicas levantaron sus viviendas coloniales; sobre sus imágenes paganas pintaron frescos cristianos. El resultado de estas capas culturales es la ciudad de Cuzco, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1983.

Plazas, iglesias, templos y ruinas
Cada paso de esa caminata por Cuzco contiene siglos de historia. Balcones y arcadas coloniales, callejuelas prehispánicas y ruinas monumentales. La Plaza de Armas o Huacaipata, con su estatua del emperador Pachacutec en el centro, está ubicada en pleno casco histórico y es un buen punto de partida para andar por esta ciudad ubicada a 3.400 msnm. Al frente está la Catedral, una joya arquitectónica erigida sobre el Palacio del Inca Wiracocha. El santuario, construido en forma de cruz latina, es de los más bellos del continente. En su interior hay una colección de más de 400 pinturas de arte sacro. Entre la gran cantidad de iglesias que existen, donde se pone de manifiesto el barroco cusqueño, se destaca la de la Compañía de Jesús, situada en la misma manzana que la Catedral. Muy cerca de allí se encuentra la Iglesia de Santo Domingo, montada sobre el Corikancha, el antiguo Templo del Sol que conserva en su interior vestigios del santuario original.

A dos kilómetros fuera de la ciudad se hallan las impresionantes ruinas de Sacsayhuamán, una colosal fortaleza ceremonial que llevó 200 años construir, donde se utilizaron gigantescas piedras que alcanzan las 120 toneladas y encajan a la perfección. Aquí se realiza, cada 24 de junio, en coincidencia con el solsticio de invierno, la celebración del Inti Raymi, la fiesta del Sol, que recrea la antigua ceremonia incaica.

La gastronomía peruana, tan en boga en los últimos tiempos, es también uno de los platos fuertes en Cuzco, con alternativas para todos los gustos y bolsillos.

El Mercado de San Pedro es un buen sitio para degustar algún plato popular, un jugo fresco y comprar artesanías. Mientras que el novedoso Museo del Pisco es una excelente alternativa para conocer la historia de este aguardiente emblemático del Perú, comer un buen ceviche, tomar alguna de las tantas variedades de esta bebida y reunir fuerzas para emprender viaje a Machu Picchu.

La ciudadela sagrada
Dicen que Pachacutec pasó cinco años buscando el lugar adecuado para erigir Machu Picchu, el sitio que se transformaría en su residencia final, y lo encontró aquí, en medio de la ceja de selva que contaba con las necesidades básicas: el acceso al agua, una ubicación estratégica y el material para la construcción.

Se cree que fue habitada unos 100 años, y que habría sido abandonada, súbitamente, ante el avance español en Cuzco.

En 1911 el explorador estadounidense Hiram Bingham se encontró de casualidad con las ruinas, ocultas en la maleza, cuando iba tras la ciudad perdida de Vilcabamba. El Santuario Histórico de Machu Picchu, ubicado a 2.500 msnm, es Patrimonio Mundial de la Humanidad por la Unesco desde 1983. Existen dos maneras de llegar hasta aquí: en tren desde Ollantaytambo, uno de los pintorescos pueblitos del Valle Sagrado, hasta Aguas Calientes, ubicado al pie de las ruinas. Desde allí suben los ómnibus que dejan al visitante en las puertas del complejo arqueológico. Los más aventureros pueden recrear el antiguo Camino del Inca a pie durante tres días.

Lo ideal es llegar temprano, antes del amanecer, y esperar la salida del Sol. La Casa de los Guardianes, uno de los puntos más altos, es el mejor sitio para aguardar que febo asome. Además, desde allí se obtiene una gran panorámica del complejo arqueológico.

Luego hay que descender y dejarse llevar, andando entre el Templo del Sol o el Templo de las Tres Ventanas. Es necesario subir al centro de las ruinas a recibir la energía de la Intywatana, la piedra sagrada; y ascender al Templo de la Luna, en el cerro Huayna Picchu, la ‘montaña joven’, que se eleva como un custodio eterno de la ciudadela sagrada.

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