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El poder de la calle

Martes 06 diciembre, 2011


Jorge Ramos
La Prensa, Honduras

La democracia no es suficiente. Votar casi nunca cambia radicalmente a un país.

Es, por el contrario, una manera de reafirmar el sistema. No basta votar para cambiar.

Cada vez más nos damos cuenta que votamos y las cosas siguen igual. Por eso las protestas en las calles y parques de Los Ángeles, Oakland, Nueva York, México, Madrid y Atenas, entre muchas otras, nos indican que algo no está funcionando bien en la forma en que vivimos.

De entrada, estas protestas han sido mayormente pacíficas. Sí, quieren cambiar la estructura del poder pero no violentamente. No se trata de revoluciones armadas.

Me tocó ser testigo de los campamentos de tiendas de campaña en Madrid, Oakland y Los Ángeles. Ya todos han sido desalojados por la policía. Estaban llenos de indignados, frustrados y enojados. No había líderes visibles ni tampoco sabían exactamente qué querían. Pero sí tenían muy claro lo que no querían.

No querían que el uno por ciento de la población controlara los destinos del otro 99 por ciento. Había quejas de todo tipo: contra los bancos, los gobiernos, las grandes corporaciones. No les gustaba el sistema educativo ni la forma en que trataban a los inmigrantes.

Querían, en pocas palabras, desechar lo viejo y comenzar de nuevo. Pero el punto en común de todas sus quejas era la desigualdad. No se vale que el salario de uno sea superior al de 99. No se vale que unos se vuelvan billonarios mientras otros se mueren de hambre, están desempleados y pierden sus casas. No se vale. En los tres campamentos me sorprendió el enorme interés -casi obsesión- de sus ocupantes por aparecer en la televisión y en los medios de comunicación tradicionales que tanto criticaban. Pero ahora, con el invierno a punto de entrar y desalojados, tienen que demostrar que no fueron una llamarada de petate. Su gran reto está en transformar ese idealismo en algo que se pueda tocar.

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