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El síntoma y la enfermedad

Lunes 28 junio, 2010


Carolina Vásquez Araya
La  Prensa Libre, Guatemala

Cuando se es presidente de un país en crisis y el futuro de la democracia está en juego, escuchar a las mayorías no es signo de debilidad, sino de prudencia. Esto debería hacer el presidente Colom, para no seguir erosionando la institucionalidad con decisiones que nada tienen que ver con el desarrollo nacional.

El hecho de haber cedido el poder a su esposa —para lo cual no lo faculta ningún artículo de la Constitución— ha sido una de las peores movidas de su mandato y la más peligrosa para el futuro político de la Nación. Simplemente ha pasado por encima de la voluntad popular que lo eligió como primer magistrado por sus cualidades específicas, entre las cuales destaca su profundo conocimiento de la realidad nacional y una sensibilidad social que parece estar ausente en sus planes actuales, a pesar de la profusa propaganda desplegada en cada rincón de Guatemala.

No es para nadie un secreto que la señora De Colom y sus allegados manipulan con una excepcional habilidad todos los hilos del quehacer político, con el objetivo principal de cerrar cualquier posibilidad de oposición a sus planes de asumir el poder y ejercerlo como sólo ella sabe hacerlo: de acuerdo con su carácter autoritario, sin escuchar más opiniones que las de su voz interior y sin más límite que el marcado por sus ambiciones.

El país, no cabe duda, está en problemas muy serios. Y no porque doña Sandra quiera ser la primera mujer presidenta, lo cual al final de cuentas resulta un beneficio marginal, sino por el hecho incontestable de no existir ninguna oposición firme, basada en la estatura moral, intelectual y ética de otro —u otra— candidato, capaz de hacerle peso a la gigantesca fuerza de sus privilegios por estar en donde está y su increíble olfato para detectar hasta la más pequeña de las oportunidades para hacer proselitismo.

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