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Elecciones en Nicaragua y Guatemala

Miércoles 09 noviembre, 2011


Joaquín Samayoa
La Prensa Gráfica, El Salvador

El domingo recién pasado se llevaron a cabo elecciones presidenciales en Guatemala (segunda vuelta) y Nicaragua. En los eventos electorales y en los procesos políticos de ambos países hay importantes lecciones y advertencias para El Salvador.

No es mucha la gente que alcanza a darse cuenta de que estas competencias por el poder político en Centroamérica cada vez tienen menos que ver con la tradicional confrontación de visiones ideológicas coherentes que podían etiquetarse como de izquierda o derecha. Nunca estas categorías fueron muy precisas, pero ahora les queda ya muy poco del valor analítico que alguna vez tuvieron. Se siguen usando por inercia y por comodidad, pero no solo no ayudan a entender la realidad sino que la distorsionan.

Los entusiastas simpatizantes del FSLN en Nicaragua no se han dado cuenta de que Daniel Ortega hace mucho tiempo dejó de ser el revolucionario idealista que luchó contra la dictadura de la familia Somoza. Lejos de eso, parece haberse transformado en una versión actualizada de lo mismo que en su juventud aborreció.

Ahora es un híbrido de político conservador y empresario que cuenta en millones su mal habida fortuna. Hoy es dueño de un oligopolio de empresas de comunicación que usa para su propia ventaja política y controla otros negocios en los que ha ido incursionando de manera poco transparente. Su estrategia de atraer inversiones se basa en concesiones por las que en otros países los sectores populares fustigan a sus gobiernos. En política exterior, cambió unos amos por otros, dejando igualmente comprometida la soberanía nacional.

Pero eso no es todo. Ni la corrupción, ni el acoso a la prensa independiente, ni la persecución a sus opositores, ni todo lo que nuestro FMLN objetaría vehementemente alegando que beneficia al sector empresarial en perjuicio del interés nacional; nada de eso es tan contrario al pensamiento y a los móviles de la lucha histórica de las izquierdas latinoamericanas como el certero golpe que Ortega le ha dado al pilar más fundamental de cualquier modelo de gobierno democrático. En la Nicaragua de Ortega no hay separación real de poderes. Luego de muchos años de abuso de sus facultades constitucionales como jefe del gobierno, y en virtud de oscuros arreglos durante la presidencia de Alemán, Daniel Ortega logró tener control efectivo del órgano legislativo, el poder judicial y el tribunal electoral. Así es como pudo postularse para la reelección. Así también pudo realizar y encubrir el fraude en las últimas elecciones municipales y legislativas.

El sistema de controles y balances (checks and balances), cuya formulación se atribuye al Barón de Montesquieu, viene desde la antigua Grecia y ha sido incorporado sólidamente en las constituciones de todos los Estados liberales, como garantía contra abusos de poder y como mecanismo primordial de defensa de los individuos frente al poder coercitivo que la colectividad le otorga al Estado.

En ausencia de controles engranados efectivamente en el sistema político, las instituciones y las leyes quedan reducidas a medios formales para facilitar y legitimar el gobierno de un hombre fuerte, quien puede ejercer el poder con lucidez y mesura o convertirse en un déspota.

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