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En Vela

Viernes 30 septiembre, 2011


Julio Rodríguez
La Nación, Costa RIca

La presidenta ejecutiva de la CCSS, Ileana Balmaceda, denunció ayer en La Nación a “los alarmistas que hablan de colapso” o “derrumbe total” en esta institución. Prefiere hablar de crisis. Tiene razón si optamos por la crisis en el sentido de oportunidad y así distingamos entre surfear o bucear, deportivamente, o sumergirnos mar adentro.

La CCSS está viva y financieramente puede salvarse, pero si seguimos con atención las noticias publicadas en este periódico, desde hace 9 años, la razón de sus desventuras de hoy es moral. Me he dedicado a leer las denuncias o reportajes de este periódico en este lapso y no me cabe duda de que la CCSS fue penetrada, desde dentro y desde fuera, por un grupo mafioso, al margen, por supuesto, de la mayoría de sus funcionarios o empleados que siempre han actuado con responsabilidad y entereza. Esta mayoría ha impedido su “derrumbe total”, pero este grupo mafioso ha estado ahí y, poco a poco, los vamos conociendo con sus secuaces.

No importa si son pocos o muchos. Lo cierto es que su labor directa o de zapa ha sido deletérea, por acción o por omisión, al punto de crear, en su interior, un sistema de terror y de silencio, que en la mafia se llama omertá. Si alguien duda de la fuerza de estos calificativos, basta que repase las noticias, en cuenta las de estos días y las que vendrán. En esta saga comprobará que solo mediante el establecimiento de una red y de una serie de mandos ha sido posible llevar a cabo la planificación y ejecución de los actos de corrupción denunciados. Costará mucho tiempo atacar las raíces de tanta perversidad y eficacia donde la corrupción, la mentira y el cinismo han hecho causa común, al amparo del miedo.

Sorprende y causa ira no solo el número de denuncias, sino el de cómplices o partícipes en este proceso de saqueo de la CCSS, así como la ineficacia de los controles y la frescura, frialdad o desfachatez de los actores y autores, sabedores entre sí de lo que estaba ocurriendo, hasta perder, en su festín, el sentido de lo bueno y lo malo, agigantado por la racionalización de sus fechorías.

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