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Entre la espada y…

Miércoles 28 septiembre, 2011


Gioconda Belli
El Nuevo Diario, Nicaragua

Como un buen sector de nicaragüenses a medida que se acercan las elecciones, la pregunta de por quién votaré el 6 de noviembre, va creciendo en mi mente con urgencia. El voto es algo personal y tendría que ser el producto de una reflexión seria. Después de todo, estamos decidiendo no quién tiene la mejor canción o llena más las plazas, sino quién se encargará del futuro del país en los próximos cinco años.

¿Cinco años, digo? Y de allí, mi primera reflexión: Si votara por Daniel Ortega, tengo que estar clara de que no voto por alguien por cinco años. Ortega y su partido creen con su muy pública “fe cristiana y revolucionaria”, que solo ellos pueden manejar el país. Por eso Daniel pasó por encima de la Constitución para reelegirse. Por eso el Cmdte. Tomás Borge, dijo: el FSLN se quedará en el poder a cualquier precio. Hay quienes piensan que su obcecación deriva del afán de poder, pero yo pienso que ese afán emana de una convicción aún más peligrosa: se creen indispensables, piensan que son los únicos que pueden salvarnos, y que hacerlo es su divina misión. Basta oír los discursos del Presidente y de la Primera Dama para darse cuenta de que en ellos no existe duda de que la familia Ortega está destinada a regir los destinos del país por el tiempo que sea necesario. Es una convicción mística, astral. Y si Somoza tenía dos hijos, Daniel tiene ocho, más la Primera Dama. Y toda la familia se está entrenando en el ejercicio y manejo del poder. Tal vez con las mejores intenciones, pero como dice el dicho: de buenas intenciones está pavimentado el camino del infierno.

Está visto en la historia que los dirigentes que se sienten ungidos para cumplir una misión y que consideran, como sucede con Ortega, que la misión es más importante y más grande que la necesidad de cumplir las leyes, respetar las instituciones y gobernar el tiempo que fue determinado por los estatutos del país, son peligrosos. No hay un solo caso que se salve. Un poder, sin nadie que lo controle, sin nadie que lo contenga, se vuelve absolutamente todopoderoso, y quien lo detenta hace lo que quiere. Algunas cosas hará que sean buenas, ¿pero qué pasa cuando lo que hace es arbitrario? Al no haber balance de poderes, no hay quién defienda al ciudadano. Esa es la dictadura. Eso fueron los Somoza, para quienes no los conocieron.

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