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Espíritu emprendedor

Miércoles 26 enero, 2011


Lucrecia Méndez
La Prensa Libre, Guatemala

En la base de todo emprendedor existe un soñador y un inventor; un sujeto que no vacila en tomar riesgos y superarlos con tal de concretizar lo que se ha imaginado. Asume una empresa, pero, sobre todo, en el mejor de los casos, un designio.  En ese sentido, todo ser humano tiene un emprendedor dormido dentro de sí mismo. Todos somos inventores y constructores de futuros, empezando por el propio. Así, tan empresario es quien funda una cadena de comida rápida como un astronauta, Bill Gates, Colón o los jesuitas que levantaron la Universidad Rafael Landívar en 50 años.

El empresario inicia soñando sobre lo que existe y sobre lo que no existe. En ese sentido es un inventor tan convencido de su proyecto, que al emprender enérgicamente su propia batalla —que no envidia a las épicas literarias— enfrenta con astucia y persistencia modernos dragones —como la competencia transnacional o la incomprensión en el campo editorial. La metáfora es banal, pero clara. El camino, por muy bien sabido, siempre ofrecerá sorpresas inconvenientes por esquivar con sagacidad, e idealmente, como todo caballero que se respete, sin infringir los códigos de honor. Porque también habrá piratas.

No todos iniciarán el camino con igual calidad de armas. Encontrará muchos rivales —algunos muy desleales— en su camino, pero ni se detendrá a lamentarse ni a minusvalorarse.  Está seguro de lo que busca y convencido de que puede hacerlo mejor que otros. Es un asunto de actitud, en el que intervienen tanto los conocimientos como una sana e indispensable autoestima, pero sin ingenuidad pueril. 

El empresario verdadero nunca ve las dificultades como obstáculos, sino como tropiezos eventuales, y por supuesto, superables. No es indiferente al fracaso, pero se crece en la adversidad y la aprovecha como experiencia que le permite reforzarse.  Si no cuenta con soluciones aprendidas o le fallan los cálculos de probabilidad, inventa otros sobre la marcha. No se victimiza, y a pesar del medio, muchas veces desfavorable, entrevé un futuro relativamente moldeable. Es, pues, un optimista nato, cosa nada desdeñable en estos tiempos, donde todo parece contradecirlo. Sabe hacer de necesidad virtud, y si es necesario, flexibiliza la ruta que se había trazado inicialmente. 

En su persistencia, que no es terquedad gratuita, en su desenvoltura convincente reside la fuerza de un emprendedor exitoso —aunque la frasecita esté tan gastada—, sea cual fuere su empresa.  Y que lo convierte en líder inquieto. Porque nunca se sacia: sigue soñando, creyendo posible que existen otros mundos por conquistar y construir. Su pasión insaciable es el reto, el juego audaz con el peligro, la aventura por correr.

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