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Frente a la debilidad del dólar...

Lunes 06 diciembre, 2010


Miguel Ángel Boloboski Ferreira
La Prensa, Panamá

La presencia del dólar estadounidense en Panamá tiene orígenes históricos que se remontan al Siglo XIX, consumándose su adopción formal como moneda de curso legal en 1904, sustentado en un convenio suscrito con Estados Unidos; más la aprobación de Panamá de disposiciones constitucionales y legales sobre la materia; aún vigentes.

Desde esos entonces, mucha es el agua que por debajo del puente ha circulado, logrando los panameños durante ese periodo acuñar un sistema inclusive calcado por otras naciones. Empero asimismo la divisa estadounidense ha perdido mucho de su valor original. 

Por ejemplo, desde 1955 a la fecha el dólar se ha devaluado 77.36% con respecto al yen japonés; mientras que en el presente siglo se ha depreciado 39.30% con relación al euro, y 20% frente al yuan chino. Ante esta crisis pregunto: ¿Será el momento de cambiar un sistema probadamente exitoso? Algunos piensan que si algo funciona, mejor no cambiarlo. Otros consideran insensato no hacerlo, pues no cambiarlo es dar algo por consolidado cuando el mundo está en constante evolución. 

Derivar hacia la utilización de una especial canasta de monedas sería la ruta lógica para los próximos 100 años ante nuestra irrevocable decisión de no emitir papel moneda. Panamá es un país donde la actividad terciaria es reina, fundamentado por la amplia gama de servicios de transporte, banca y logística orientados hacia el comercio mundial. El Canal de Panamá, los puertos, la Zona Libre de Colón, el ferrocarril, el hub aéreo en Tocumen, el centro financiero y servicios de distribución, entre los más importantes. 

Promover el uso y aceptación habitual de otras divisas fuertes en la economía nacional produciría enormes beneficios. Nuestros costos de operación como nación están directamente relacionados con el dólar y sus variaciones cambiarias. Así las importaciones hoy día cuestan mucho más dólares que lo que costaban en el pasado. Esa debilidad limita y condiciona de manera importante nuestras estrategias y políticas económicas. En conclusión, nuestro poder adquisitivo disminuyó (¡harto!). 

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