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Frente al medioambiente todos debemos ser ngäbes

Miércoles 29 febrero, 2012


Juan Jované
Panamá América, Panamá

Los recientes hechos que conmovieron al país, en los que se evidenció la vocación represiva y autoritaria de quienes dirigen los órganos de seguridad del Estado, han querido ser interpretados por quienes hoy dominan política y económicamente al país como una contradicción entre el progreso y el atraso, entre el desarrollo y el subdesarrollo. Estos sectores, entre los que se destacan las cúpulas de la oligarquía empresarial, en un discurso, en el que se percibe racismo y desprecio por los más pobres, han intentado presentarse como los defensores del bienestar de la población, adalides en la defensa del bienestar común y como empresarios caracterizados por una firme responsabilidad social. Se trata, sin embargo, de un simple artificio para defender sus intereses, centrados en la promoción de un modelo económico incapaz de resolver los graves problemas que aquejan a la población panameña.

Si se observa con cuidado la raíz del problema se detecta inmediatamente que, expresado como una contradicción entre los pueblos originarios y las autoridades, nos encontramos frente a lo que, siguiendo el enfoque de la Ecología Política, se puede caracterizar como un conflicto ecológico-distributivo. En efecto, tras todo el discurso de desarrollo y progreso de las cúpulas empresariales su finalidad queda clara. Se trata de revalidar lo que ellos entienden por seguridad jurídica, con el objetivo de desposeer a los pueblos originarios de sus derechos consuetudinarios de decidir sobre un conjunto de recursos naturales. Estos recursos, entonces, serían reasignados a la producción minera para la exportación y de la electricidad que esta demanda, para que un pequeño grupo de especuladores, quienes han recibido del Estado y de manera gratuita las concesiones de explotación, se enriquezcan con la renta que las mismas les otorga, a la vez que se consolida el modelo de desarrollo extrovertido, basado en la reducción de los salarios reales, la especulación con los bienes de primera necesidad, la exclusión social generalizada y la depredación inmisericorde del medioambiente.

En el otro polo están los pueblos ngäbe y buglé que, sobre la base de su cultura y forma de vida, no solo propone, sino que practica y lucha por la sostenibilidad del ambiente, con el fin de asegurar que tanto esta generación como las venideras puedan contar con suficiente agua, así como con el aire no contaminado y todos los otros servicios ecológicos que sirven de sostén a la vida. Ellos, a diferencia de la oligarquía dominante, representan la seguridad ambiental para todos los panameños. Se trata de una seguridad que, junto a la soberanía y seguridad alimentaria y el acceso sostenido a la educación, la salud y el resto de las necesidades básicas, constituye la base de una sociedad libre, democrática, con justicia social y sostenibilidad ambiental.

Es responsabilidad de todo aquel que entienda que el bienestar no se puede medir por el nivel del PIB, mostrar nuestra solidaridad efectiva con el noble pueblo ngäbe-buglé. La mejor manera de hacerlo es participar en la luchas por la preservación e integridad del ambiente.

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