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Huéspedes semánticos

Viernes 02 marzo, 2012


Cándido Alvarado
La Prensa, Honduras

Cada vez que hay indicios de un huracán o de cualquier fenómeno meteorológico se escucha que Copeco anuncia alertas “tempranas” y a muchos nos pone atentos dependiendo de determinadas circunstancias: trabajo, vías de comunicación y otros elementos que interferirían en el desarrollo de las actividades. No se trata de “purificar” el español, sino de emplear los términos ya existentes sin necesidad de ir a copiar malas traducciones. Alerta “temprana” es una mala traducción del inglés “early warning”, pues las alertas no se dan temprano, lo ideal es hablar de “alertas previas”. Hay dos cadenas de televisión de mucha audiencia nacional aquí en Honduras, cadenas que todos los días ofrecen foros entre siete y ocho y treinta de la mañana y de paso los repiten a medianoche; eso está muy bueno. En una de esos foros estuvo un fulano que es muy asiduo a aparecer en la “pantalla chica” y el moderador del programa lo presentó como “politólogo”. El hecho de que alguien exponga sobre política o le guste hablar de esa materia no significa que sea un politólogo. Por supuesto que en nuestro medio hay uno que otro politólogo, un graduado en ciencias políticas (de estos nunca ha aparecido uno en esos medios). Por consiguiente, lo ideal no es llamarlos politólogos, sino comentaristas políticos o especialistas en ciencias políticas, si en verdad lo son, si poseen esa titulación académica.

Siempre estamos aseverando que nuestra educación es “pobre”, que tenemos un “pobre” sistema de salud. En un principio pareciera que eso de “pobre” lo empleamos como metáfora sin darnos cuenta que es un anglicismo que lentamente se fue asentando en el castellano. Aunque es muy usado y válido en nuestra lengua, este adjetivo “pobre” es evitable y lo serio debería ser hablar de una educación “deficiente”.

Otra soberbia nominal se observa en muchos docentes de las universidades nuestras; dicen: “El máster Juan Garza”. Se comprende que el señor Garza después de graduarse de licenciado estudió una maestría; pero nosotros ya no hablamos de eso y le decimos máster, y aún más: magíster. Esos adornos deben señalarse cuando se ofrece un perfil de presentación u hoja de vida acaso para que el profesional lo necesite ante su empleador. Casi nadie conoce los títulos profesionales que tiene Obama y es el presidente de los Estados Unidos. Tampoco sabemos acerca de los títulos que tiene la secretaria de Estado, Hillary Clinton, sencillamente es Hillary Clinton (aunque su nombre de soltera es Hillary Diane Rodham).

Otro superestrato, galo por cierto, que se posa en el español de la farándula es el brillante “premier”: “Los alumnos de la Internacional invitaron a sus amigos a la premier de The Devil Wears Prada”, expresó un periodista de la nota social. ¿No será más auténtico y propio que esos muchachos invitaran a sus amigos al “estreno de The Devil Wears Prada”?, de paso, el término premier no lo registra el DRAE.

En muchas ocasiones aparecen en los localizadores de notas periodísticas el rubio “royalty” referido a asuntos de la realeza, tremenda sandez semántica de traducción porque esa voz inglesa nada tiene que ver con la monarquía, pues su significado sirve para designar la cantidad que se paga al propietario de un derecho a cambio del permiso para ejercerlo y, en especial, el dinero que debe percibir el autor de una obra artística o el titular de una patente a cambio del permiso para su explotación comercial. Royalty equivale a regalía, canon o derecho de autor.

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