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La corrupción del Estado

Lunes 31 octubre, 2011


John A. Bennett N.
Prensa.com, Panamá

Antes que nada y para despejar confusiones, definamos Gobierno y Estado. Gobierno es ese andamiaje de leyes administrativas y su puesta en práctica por las autoridades correspondientes. El Gobierno es la teoría del Estado puesta en práctica a través de seres humanos muy falibles. En contraposición, el Estado es poco visible, pues más que nada es un concepto; es un himno, una bandera. El Estado es la estructura política que supuestamente quedó plasmada en una Constitución, que pocos conocen y mucho menos acatan. El Estado siempre está allí, aunque no lo veamos; mientras que los gobiernos son como las mareas, que van y vienen. Es al Estado que rendimos pleitesías cuando cantamos el himno con la mano sobre el corazón, y no a los gobiernos. En fin, los tránsfugas no salen de un Estado para enrolarse en otro, pero si cambian de partido como quien se cambia de ropas con la nueva moda.

Por debajo de todo ello está la sociedad que podemos identificar como la “Nación” o “el país”, que es el colectivo de factores que constituyen la vida y realidad istmeña. Es en la sociedad en donde nos caracterizamos y nos expresamos en literatura, en la historia, religión y nuestras convicciones personales, las cuales, en algún grado, compartimos con los demás. En la comunidad es donde fincamos nuestras relaciones personales y nos expresamos en religión y en etnicidad, dejando lo político a un lado.

Mientras la sociedad, en general, es un concepto de paz y tolerancia, el Estado, lo vemos con el tolete en mano y las armas al cinto. Podríamos decir que el Estado es el lado oscuro de la fuerza, mientras que la sociedad es la luz. El problema es que desde niños en las escuelas nos metieron en la cabeza un cúmulo de ideas nacionalistas aberrantes que nos han predispuesto a ser esclavos de los poderes de turno, que esgrimiendo himno, escudo y bandera, nos arengan en sumisión. Nos hostigan a ser cómplices de intereses sectoriales, semejantes a los que apoyan al cruel Gaddafi.

Al Estado poco le vemos, particularmente cuando todo anda bien. Es análogo al policía, a la que nadie le presta mucha atención, hasta cuando se presentan los maleantes. Pero en ese momento quedamos lidiando con el Gobierno y no el Estado.

La mejor forma de apreciar al Estado es a través de la guerra, pues es en tiempos de crisis cuando invocamos al Estado, que constituye el efecto agresivo de la colmena. La guerra es la función del Estado. La guerra es la cal y canto que une a los ciudadanos en una oleada común de agresividad. El problema es que esa característica, normalmente defensiva, también puede ser torcida para uso agresivo, tal como lo usó Hitler o como lo acaricia Chávez y otros que comparten su demencia.

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