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La OEA y la Celac

Martes 13 diciembre, 2011


Jorge Ortega
La Prensa, Honduras

La participación de Honduras en la creación de la “Comunidad de Estados Latino Americanos y Caribeños” (Celac) puede ser considerada como una buena oportunidad de participar en un foro latinoamericano de desarrollo, sin embargo, el hecho de estar siendo liderada por un detractor de la democracia, cínico intervencionista en el derecho a la autodeterminación de los pueblos, mitómano y megalómano, nos hace desconfiar de los objetivos que se propone dicha organización.

Latinoamérica nunca debió dividirse, pero se dividió una y otra vez por razones casi siempre de interés personal o de pequeños grupos que quisieron seguir manteniendo el control sobre los territorios que antiguamente eran sus feudos, o bien por la aparición de líderes mesiánicos que se aprovecharon de la inocencia y la ignorancia del grueso de la población latinoamericana para hacerse del poder político y económico. Esa es nuestra historia.

El sueño de Bolívar de conformar una América fuerte y próspera no pasó de aquel “Congreso de Panamá” de 1826, pero no solo no se logró la unificación, sino que los países ahí representados continuaron desintegrándose.

Para 1889 Estados Unidos de Norteamérica convocó a una “Conferencia Internacional Americana” con el objeto de discutir y recomendar a los respectivos Gobiernos la adopción de un plan de arbitraje para el arreglo de los desacuerdos, así como de tratar asuntos relacionados con el incremento del tráfico comercial y de los medios de comunicación. Como resultado de esta conferencia se acordó la creación de la “Unión internacional de Repúblicas Americanas”, ésta se transformó posteriormente en la “Unión Panamericana” y con los años nace la que hoy conocemos como la “Organización de Estados Americanos” (OEA).

La OEA establece que los Estados son jurídicamente iguales, disfrutan de iguales derechos y tienen igual capacidad para ejercitarlos, reitera el principio de que ningún Estado tiene derecho de intervenir en los asuntos internos o externos de otro, y se subraya la obligación de todos los Estados de resolver por los medios pacíficos reconocidos las divergencias de cualquier tipo que se susciten entre ellos.

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