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La oleada de indignación que recorre el mundo

Jueves 13 octubre, 2011


Ricardo Rosales Román
La Hora, Guatemala

Para los lectores de algunos de los medios impresos y los escuchas y televidentes de los noticiarios de radio y los canales abiertos y de paga, hay acontecimientos que no suceden. En esos medios, no se publican. Es una política deliberada que los propietarios, accionistas y anunciantes tienen convenida –abiertamente o mediante “señas”– con sus directores quienes, a su vez, así se lo indican a sus jefes de redacción y estos, por su parte, a sus redactores y reporteros.

Es esta la manipuladora cadena que prevalece en el área de la información y que puede resumirse diciendo que “lo que no se publica es porque –en opinión de los medios– no sucedió” y que, en otras palabras, es lo que conviene a los verdaderos dueños de los medios a fin de que los lectores, radioescuchas o televidentes no se enteren ni sepan ni estén informados de lo que en realidad está sucediendo en el país y en otras partes del mundo. Lo que también es frecuente es que se informe a medias, tergiversada, sesgada o tendenciosamente o que persista el amarillismo noticioso.

Traigo a cuenta lo anterior porque llama la atención la casi inexistente información publicada y la también inexistente opinión editorial o comentarios hechos por “expertos” y “sabelotodo” acerca de lo que desde el pasado 17 de septiembre empezó a ocurrir en la metrópoli del imperio y que ahora se expande a todos los Estados de aquél poderoso país. Se trata de la ola de indignación social que sacude al imperio en sus propias entrañas.

Lo mismo sucede con el silencio informativo y de opinión respecto a las no resueltas revueltas en el mundo árabe, lo que acontece en la mayoría de países de Europa occidental, las movilizaciones estudiantiles en Chile y Colombia y la lucha de resistencia del pueblo hondureño, primero, contra los golpistas que depusieron al presidente Zelaya y, actualmente, contra el régimen de Porfirio Lobo.

Una política informativa y de opinión editorial así diseñada y convenida pone al lector, al radioescucha y al televidente ante el riesgo de que se le induzca a “darle una lectura occidentalista”, por ejemplo, a “los levantamientos en el mundo árabe” tal como la advierte René Nava. Quien así informa u opina, desnaturaliza, desvirtúa y tergiversa lo que allá, en realidad, está aconteciendo.

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