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Lo que se necesita es recuperar el espíritu de la negociación de la paz

Lunes 26 diciembre, 2011


GN3
La Prensa Gráfica, El Salvador

Estamos en las vísperas del día en que se cumplirán 20 años de la firma del Acuerdo de Paz, en aquella ceremonia rutilante e inolvidable que tuvo lugar en el histórico Castillo de Chapultepec del Distrito Federal de México. Visto en retroperspectiva, el momento y el acontecimiento tienen características verdaderamente singulares, en la memoria de los que tuvimos el privilegio de ser partícipes de aquel esfuerzo de dos años, cuatro meses y tres días que culminaba el 16 de enero de 1992, pero sobre todo en el desenvolvimiento del devenir nacional.

El país merecía aquella fecha estelar; pero la fecha era sólo un instante que abría una ruta por la que hemos venido transitando y trajinando desde entonces. Así las cosas, aquel 16 de enero sigue vivo, y no como recuerdo, sino como compromiso; como espuela de la voluntad y como reclamo inspirador.

La primera gran prueba de efectividad dentro del proceso de posguerra se dio en las elecciones de 2009. Una prueba que no tenía nada de excepcional, sino que, por el contrario, representaba un examen de normalidad perfectamente previsible: la primera alternancia en el ejercicio del poder político. Hay que partir, pues, del hecho de que la democracia es alternante por naturaleza, y eso no tiene por qué tener carácter traumático.

Entre nosotros, la dificultad señalada ha derivado mucho más que de la alternancia en sí del hecho de no tener vivencia histórica al respecto, y, más aún, de lo que caracteriza a los alternantes: la derecha representada por ARENA y la izquierda representada por el FMLN. Es decir, el contraste dramatizado entre dos marcas políticas que vienen teñidas por los colores de la confrontación bélica.

En esas condiciones, el manejo de la alternancia se vuelve revelador de lo que la sociedad salvadoreña ha aprendido en estos dos decenios de práctica democratizadora. ¿Qué calificación merecemos al respecto? Que cada ciudadano lo decida conforme a su conciencia y a su percepción del avance del proceso.

Pero lo cierto es que estamos en un momento en que lo que falta por hacer nos apremia cada día con más urgencia e impaciencia. Y tal apremio hace revivir el ejemplo de los acuerdos de paz. En esa línea de evocaciones inevitables, se está hablando de nuevo de lo que podría ser una nueva generación de acuerdos como aquéllos. ¿Sería eso posible? Más aún:

¿Sería deseable? La reflexión nos lleva, entonces, a concluir que lo que necesitamos no es reproducir el producto de aquel proceso, sino las actitudes que hicieron factible dicho producto.

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