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Mal de muchos, consuelo de ticos

Viernes 08 octubre, 2010


Luis Felipe Muñoz
La República, Costa Rica

No hay sociedad perfecta. De algo hay que morirse. Al que le toca, le toca. Si está para uno, llegará. Dios proveerá… Podría llenar muchas líneas con los comentarios comunes de los ticos, respuestas típicas que resuelven la incomodidad de justificar el fracaso o la mediocridad y darle una barniz de sabiduría a esa comodidad de no pellizcarse en la vida.

Se dice que desde los primeros años en que hubo habitantes “no silvestres” en estas tierras, disfrutaron la comodidad de no ser molestados por las autoridades gracias a la lejanía geográfica con México y Guatemala. Nuestros antecesores importados deseaban vivir “Pura vida”, con la menor cantidad de responsabilidades, a pierna cruzada disfrutando de ser divinidad para los autóctonos, porque sabían exigir respeto con las cruces. De ser cierto, se entiende por qué era mejor tener piel blanca, por qué pesan más las oraciones que las acciones y por qué encontramos un valor en evadir para resolver.

Nuestra última y ya lejana guerra graduó otros valores con honor. La desbandada del ejército después de un cambio de poder con violencia, trascendió de ser el seguro de vida para los nuevos gobernantes y se convirtió en el discurso de la paz mundial. Por eso en Centroamérica puede haber héroes, pero por encima estamos todos los ticos. Después conocimos los bonos de vivienda, los puestos de maestros, las partidas específicas y miles de cálculos electoreros populistas, parte de la fábrica de votos que impulsó la industria política, explicada por nosotros como democracia. 

Se crearon instituciones de primera línea, profesionales sobresalientes, con las mejores garantías, dando los mejores servicios. Se invirtió durante años en forjar un Estado que nutriera a una sociedad pujante, llena de agricultores pero con profesionales de respeto en las áreas claves.

Se crió a una muchacha muy hacendosa, estudiada y saludable para que pudiera trabajarle a cualquiera, con aretitos finos que iluminaban su bella sonrisa y le daban dignidad. Un día la muchacha no fue más la sirvienta de su patrón. Ya perdida hace tiempos la inocencia y empeñadas las perlas, vive de lo que su sonrisa le consiga. A eso le llamamos turismo receptivo. Ya la chiquilla parece de cuarenta y necesita ahora más que nunca. Como nuestras costas ahora son ricas en basura, serán los casinos, el narcotráfico y las prostitutas infantiles las que nos jalen la inversión.

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