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Monumentos a la ineficiencia del gasto público

Martes 29 noviembre, 2011


Roberto Rivera Campos
La Prensa Gráfica, El Salvador

Cuando un turista llega a El Salvador, desembarcando en Comalapa, se va encontrando con una serie de monumentos en la medida en que se adentra en la capital. Seguramente notará el Monumento a la Paz, para luego apreciar el llamado Monumento al Hermano Lejano. A pocos metros, al transitar sobre la Autopista Sur, encontrará los bustos de los Próceres, de los padres de la patria, los que en algún momento los ciudadanos llamaron “los bustos de los gordos”, por la uniformidad de la corpulencia que los caracteriza.

Si continúa en ruta hacia el Hotel Crowne Plaza seguramente observará, en su paso por el bulevar Masferrer, el primer gran monumento a la ineficiencia del gasto público: el bulevar Diego de Holguín. Sobre este monumento se acumulan los años y los millones perdidos de los dineros que la sociedad ha otorgado a dos gobiernos sucesivos. Muy probablemente, si no se agiliza su finalización, en los próximos viajes que este amigo haga en los años venideros ahí estará, majestuoso como siempre, este monumento, que un entrevistador insiste en bautizarlo como “el bulevar de la Honradez”.

Si nuestro amigo decide conocer más del país podrá viajar a oriente para encontrarse con la joya de los monumentos al gasto público: el puerto La Unión. Allá en el golfo de Fonseca se erige esta obra magnífica que tiene la apariencia de un estacionamiento, en el cual ni siquiera un vehículo se encuentra estacionado; simplemente, nuestros impuestos –pasados, actuales y futuros– se encuentran asoleándose desde hace cerca de cuatro años. Este proyecto, que se inició desde hace una década con el apoyo decidido del Gobierno japonés, quedó sujeto a los debates políticos e ideológicos típicos de un país como el nuestro y congelado en el tiempo, esperando la aprobación de la Ley de Asocios Público-Privados para iniciar la concesión. Durante estos años, los ciudadanos observamos cómo la oportunidad económica que esta inversión representó en su momento para el país pasaba lentamente ante nosotros, en el horizonte oceánico, dirigiéndose a tierras costarricenses y panameñas.

Viajando hacia el norte seguramente se encontrará con El Chaparral, esa presa hidroeléctrica que se niega a dejarse construir; incluso llegó a decirse que “las tormentas habían movido la montaña”. ¿Desde cuándo estamos gastando en El Chaparral, la planta de energía eléctrica de cerca de 67 MW? Ya hace varios años se señaló que, por falta de inversiones, no hay suficiente energía eléctrica. En un estudio de 2007 argumenté que en ese momento la inversión en esta planta era urgente, porque de lo contrario la oferta de energía sería insuficiente para atender la demanda creciente y las restricciones al crecimiento de la producción comenzarían a aparecer en forma de cortes de energía eléctrica.

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