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Nada hay escrito en piedra

Miércoles 07 marzo, 2012


Joaquín Samayoa
La Prensa Gráfica, El Salvador

A pocos días del evento electoral conviene caer en la cuenta de que la democracia solo puede funcionar cuando hay consecuencias para las buenas y para las malas actuaciones de los políticos.

Cada cabeza es un mundo. Hay patrones de pensamiento y conducta más o menos homogéneos dentro de grupos que tienen una identidad común bien definida, pero aun en esas situaciones siempre se dan diferencias entre los individuos en la manera de ver la realidad y en las reacciones frente a un mismo estímulo.

En política electoral se mantiene, contra todas las evidencias, el mito del votante racional, del cual deriva la expectativa de que cada ciudadano hará su mejor esfuerzo para tomar sus decisiones al haber analizado un cúmulo de información sobre las cualidades y la trayectoria de los aspirantes a cargos de elección popular y sobre las ideas que proponen para hacer frente a los problemas más apremiantes de la sociedad.

Pero excepción hecha de unos pocos individuos, lo cierto es que el componente racional de las decisiones de los votantes no es el único y, en la mayoría de casos, ni siquiera el factor más determinante. La gente ordinariamente se mueve más por simpatías y antipatías personales, identificaciones ideológicas bastantes vagas, información parcial y frecuentemente distorsionada, intereses personales o sectoriales, y temores o expectativas inducidos por la propaganda política y no siempre sustentados en la realidad.

Es bastante conocido el concepto de voto duro, el cual se refiere a adhesiones que una cantidad relativamente pequeña de ciudadanos profesa por determinado partido político sin poner atención a los aspectos negativos de este o, peor aún, negándolos, relativizando su importancia o atribuyendo toda responsabilidad o culpa a los adversarios políticos.

El voto duro tiende a ser más determinante en situaciones de polarización ideológica o cuando una historia de enfrentamientos violentos ha causado heridas que no sanan fácilmente o afrentas difíciles de perdonar. Este es el caso de los dos partidos mayoritarios en El Salvador. ARENA y el FMLN cuentan, cada uno, con un voto duro que se estima en poco menos de un tercio de la población.

El tercio restante, el que inclina la balanza en elecciones presidenciales y determina la correlación de fuerzas en el Órgano Legislativo, lo constituye los mal llamados indecisos, los ciudadanos que tienen más flexibilidad para votar en una elección por un partido y en la siguiente por otro.

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