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Newt y Mitt llegan un poco tarde a la fiesta

Lunes 06 febrero, 2012


Jorge Ramos Ávalos
La Prensa Gráfica, El Salvador

Tanto Romney como Gingrich se han tardado mucho en entender la importancia del voto latino. Lo que han dicho en la campaña para obtener la nominación republicana les ha hecho mucho daño entre los hispanos.

Sin el voto latino, ni Newt Gingrich ni Mitt Romney podrán llegar a la Casa Blanca. Esa es la nueva regla de la política en Estados Unidos. Y como van las cosas, a menos que cambien su postura sobre los indocumentados, ambos van camino a perder frente a Barack Obama. Entrevisté a Gingrich y a Romney recientemente y por separado en un foro organizado por Univisión, la Cámara Hispana de Comercio y el Miami Dade College, y sus estilos son diametralmente opuestos. Romney llegó por detrás del escenario y se fue por el mismo lugar sin tomarse fotos con los asistentes. Cuando respondió preguntas se paró y nunca se movió del mismo lugar. Se mantiene siempre enfocado en su mensaje. Su equipo de comunicación y de seguridad nada tiene que pedirle al del presidente Obama.

Gingrich es mucho más informal e imprevisible. Entró por el centro de la audiencia, hizo un saludo memorizado en español y antes de partir se pasó casi 20 minutos tomándose fotos con todos los asistentes. Disfruta el intercambio de ideas, sabe entusiasmar al público. Su campaña no tiene la disciplina ni el dinero de la de Romney y llegó con muchos menos asistentes y guardaespaldas que Romney. Gingrich se comporta como... Gingrich.

A Romney le pregunté cuánto dinero tenía y, como suele ocurrir con la gente muy rica, no supo darme una cifra exacta. “Bueno, es entre 150 millones de dólares y unos 200 millones, algo así. Esos son los cálculos”, me dijo, y luego me explicó que él no había heredado nada del dinero de sus padres.

A pesar de que el padre de Romney nació en México, él no se considera latino. “No creo que la gente pensaría que soy honesto si les dijera que soy méxico-americano”, me dijo, y agregó con humor: “Pero agradecería si se lo dejaras saber a la gente”.

A Gingrich tenía que preguntarle si no fue hipócrita el criticar y acusar legalmente al entonces presidente Bill Clinton por su amorío con Monica Lewinsky. Cuando Gingrich era el líder del Congreso él tuvo, al mismo tiempo que Clinton, una relación fuera del matrimonio con su actual esposa, Callista.

“Yo no hice lo mismo”, me contestó, “yo nunca mentí bajo juramento. Nunca he estado involucrado en un delito. Y él sí lo hizo”. El asunto, desde luego, no es una cuestión legal sino moral. Pero Gingrich no consideró que su actitud era de hipocresía.

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