Lunes 22 julio 2019

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Obama y el excepcionalismo

Jueves 27 octubre, 2011


Sergio Muñoz Bata
La Prensa Gráfica, El Salvador

El movimiento neoconservador y sus cajas de resonancia definen el excepcionalismo estadounidense como acto de fe incontrovertible y lo incorporan a la campaña presidencial.

Primero vino la noticia de la muerte de Muamar Gadafi, descubierto por los rebeldes en un tubo de drenaje y anónimamente asesinado a sangre fría. Luego el inesperado anuncio de la retirada total de las tropas estadounidenses en Irak para fines de este año, y por último un discurso del presidente Barack Obama en el que hace suya la victoria en Libia, declara la renovación del liderazgo estadounidense en el mundo y urge al Congreso a aprobar su proyecto de ley para impulsar la creación de trabajos en el país. 

La concatenación que hace Obama de los sucesos no es totalmente casual por más súbitos que hayan sido los desarrollos en Libia y en Irak. El discurso de Obama aterriza los dos temas de política exterior en un llamado a la acción política interna para inscribirlo en el ámbito del proceso electoral que culminará con la elección de 2012. 

El regocijo del presidente por el final de la dictadura en Libia es legítimo porque la intervención tuvo una justificación moral incuestionable incluso admitiendo que la desafortunada impaciencia de los rebeldes impidió que el sátrapa fuera juzgado ante un tribunal de justicia. Militarmente, la operación es también un enorme triunfo para Obama porque logra su objetivo sin exponer la vida de un solo estadounidense, utilizando armas tecnológicamente avanzadas y a un costo bajísimo.

Y a este nuevo triunfo en política exterior habría que añadirle la eliminación de Osama bin Laden y de otros dirigentes de Al Qaeda. 

En lo referente al anuncio de la retirada de las tropas de Irak de manera tan súbita se sabe que lo que precipitó su decisión fue la negativa del gobierno iraquí a otorgarle inmunidad a los asesores militares norteamericanos que permanecerían para entrenar a las fuerzas militares y policíacas iraquíes. Sin duda, las imágenes de Abu Ghraib pesaron en la decisión. De cualquier modo, hay que aplaudir la decisión del presidente de terminar una guerra que nunca debió emprenderse porque partió de premisas falsas, que ocasionó la muerte de decenas de miles de civiles iraquíes y 4,400 soldados estadounidenses, y que en el curso de nueve años le ha costado a los contribuyentes norteamericanos más de un millón de millones de dólares (un trillón de dólares en inglés) y porque ya era hora que cumpliera su promesa de campaña. Lo preocupante, en todo caso, es el tono triunfalista que el presidente utilizó en su discurso en tanto que reconoce y refleja la rimbombante retórica que el neoconservadurismo nacionalista del Tea Party ha impuesto al discurso de los aspirantes a la candidatura presidencial del Partido Republicano.

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