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Triste espejismo: el canal seco

Viernes 27 enero, 2012


Pablo Rodas-Martini
La Prensa Gráfica, El Salvador

En 2006 se convocó a un referéndum para decidir la ampliación del canal de Panamá; la respuesta fue abrumadora: 77% a favor. Se concluirá en 2014 y podrán cruzar barcos Pospanamax, con casi tres veces más de capacidad que los Panamax, y también Capesize (graneles secos) y Suezmax (graneles líquidos). Se cubrirá la demanda del comercio internacional por varias décadas más. Panamá también posee un tren interoceánico de pasajeros y carga, construido en 1855 para trasladar a los buscadores de oro que iban hacia California pues atravesar Estados Unidos tomaba cerca de seis meses y la autopista Colón-Panamá, de cuatro carriles, que comunica ambos océanos, apenas 50 minutos. Panamá tiene un canal “mojado” y dos “secos” ­puramente complementarios­ contra los cuales es utópico competir. La quimera de Honduras, El Salvador y Guatemala desde el siglo XIX ha sido contar con un “canal seco”. Nicaragua también tiene la suya: que capital venezolano, ruso, iraní o de otro país financie un canal a través del río San Juan, el Gran Lago de Nicaragua y la provincia de Rivas. Tristes ilusiones. Rutas alternativas fueron válidas hasta la construcción del canal de Panamá; los ingenieros de Estados Unidos, sin embargo, evaluaron desde el istmo de Tehuantepec en México hasta el golfo de Urabá en Colombia, y al final solo había dos opciones: Nicaragua contra Panamá. No ahondo en esta última historia, narrada en muchos libros.

Desde su inauguración en 1914 ya no se puede competir contra el canal de Panamá, y mucho menos después de la ampliación. La inversión de EUA fue asombrosa; mientras el PIB de Panamá era de $30 millones de ese entonces, EUA invirtió $38 millones anuales por 10 años y además le pagó $40 millones a los franceses por la fallida inversión de los años 1880. El canal de Panamá fue la infraestructura más ambiciosa de la historia moderna, muy superior a la del canal de Suez de los años 1860.

En los cinco años que fungí como economista jefe del BCIE tuve sumo cuidado de no hablar nunca de un “canal seco”. En las estrategias de país que defendí con vehemencia ante el Comité de Estrategia y el Directorio, jamás se incluyó esa expresión. Es absurdo pretender que un barco Pospanamax arribe desde Asia, que descargue su mercadería en cientos de tráileres, que estos recorran más de 300 kilómetros en una topografía sinuosa y que, después, o milagro... otro barco de similar eslora, manga y calado se encuentre vacío en el Caribe, como si fuera... un taxi.

Y Nicaragua... bueno, el país primero tendría que construir un puerto y una buena carretera hacia el Caribe ­algo en que ha fallado en casi dos siglos de independencia­ antes de lanzar elucubraciones ingenieriles que hasta ahora nadie ha querido financiar.

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