Domingo 18 agosto 2019

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Un pésimo negocio

Jueves 23 septiembre, 2010


Fernando Carrera
El Periódico, Guatemala

El peor negocio de Guatemala no es la inversión depredadora del ambiente por parte de algunas industrias extractivas. Ni tampoco la multibillonaria inversión pública en obras de infraestructura que no llenan los requisitos mínimos para tolerar huracanes y lluvias torrenciales. Ni los millones que se invierten en obras pequeñas para que los pequeños políticos se apropien parcialmente de esos fondos (“no hay obra sin sobra, compadre”).

El verdadero pésimo negocio de Guatemala se llama desnutrición. Gracias a ese pésimo negocio, 50 por ciento de los niños y niñas de nuestro país no alcanzan la talla mínima esperada a los 5 años de edad. Y luego el daño se multiplica, porque lo que parecía ser inicialmente un problema de estatura, se convierte luego en una barrera para el aprendizaje: cientos de miles de niños fracasan todos los años al enfrentarse al primer año de escuela debido a su débil nutrición. Más temprano que tarde, esos mismos niños y niñas no logran avanzar hasta la secundaria, convirtiéndose en mano de obra muy poco calificada y además asegurando un pasaporte de por vida en el cruel mundo de la pobreza.

En Guatemala destruimos talento como si el talento fuera irrelevante en este mundo. La realidad es que no hay nada más valioso que una persona bien calificada y aprovechada al máximo de su potencial. Por eso los países que invierten en desarrollar el talento de su población son los países más ricos. Y los países pobres que quieren dejar de serlo, le apuestan corazón y sangre a que la próxima generación se encuentre bien nutrida y mejor educada.

La nutrición es, poniéndolo ahora en positivo, el mejor negocio del mundo. Los niños y niñas bien nutridos le pagan a la sociedad el dinero invertido en ellos, le retornan a su comunidad riqueza y desarrollo, y le revierten a sus padres el cariño y la dedicación con que fueron cuidados. Y todavía les sobra. Porque un niño bien nutrido produce hasta 10 veces más riqueza que aquel que no ha tenido la dicha de nutrirse adecuadamente. Lo mejor es que la inversión inicial requerida es mínima: con menos del 1 por ciento del presupuesto nacional se puede desarrollar un programa que elimine la desnutrición infantil de una vez y por todas en nuestro país. 

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